50 Sombras de San Valentín  


Este recién pasado San Valentín, además del tsunami habitual de presión mercadológica para demostrar nuestro amor a través de la creatividad, y, preferiblemente, mediante nuestra capacidad económica, fue también el estreno de la película 50 sombras de Grey, una adaptación al cine de la novela del mismo nombre, escrita por Erika Leonard James, o E.L. James.

La trilogía, que cuenta la historia de la pareja formada por Anastasia Steele y Christian Grey, ha logrado vender cerca de 40 millones de copias, uniéndose así a los fenómenos que supusieron las series Harry Potter, de J.K. Rowling, y Crepúsculo, de Stephenie Meyer. Lo curioso es que, por más que las dos últimas sagas pudieran tener un tinte de suspenso y peligro en su lucha entre el bien y el mal, y habernos entretenido con sus vicios humanos llevados a un nivel sobrenatural, es en realidad la primera, 50 sombras de Grey, la que puede ocasionar un perjuicio en sus lectores o espectadores.

Contrario al éxito de su autora y de su empoderamiento económico, la trilogía no se escapa de los estereotipos y las ideas sobre la manera en que se asume que las mujeres queremos ser tratadas. La historia es, desde un inicio, un cliché: un hombre blanco, occidental, joven, atractivo, adinerado, experimentado y seguro de sí mismo, que seduce a una joven estudiante, tímida, insegura, de baja autoestima y sin grandes conocimientos en el área sexual.

En la historia “erótica” es él quien la enseña a ella y la introduce en las “artes sexuales”, maquilladas por el BDSM (Bondage; Disciplina, Dominación; Sumisión y Sadismo, y Masoquismo) y por el típico cuento de hadas (o telenovela mexicana), donde la mujer no tan afortunada conoce al “príncipe” que la ayudará a escalar a un nuevo nivel social y a alcanzar los sueños que claramente no podría lograr por sí misma. Cliché sobre cliché.

Pero el problema con todos estos lugares comunes no es sólo el hecho de haber sexualizado la historia de Bella y Edward en Crepúsculo, donde la personalidad de cada uno se funde tanto en la del otro, que pierden su propia identidad (sí, la novela comenzó siendo un fanfic de Twilight), sino que normaliza este tipo de comportamientos, llegándolos tácitamente a presentar como una opción para que una mujer se enamore perdida y absolutamente del hombre en cuestión.

En realidad, las mujeres no queremos ser dominadas, ni deseamos secretamente que llegue un hombre que sepa qué es lo mejor para nosotras y finalmente tome el control de nuestras vidas por nuestro bien. Este tipo de mentalidad es precisamente la base de la violencia diaria que vivimos, la dicotomía protector/opresor, donde la línea se pierde en el momento en que nos infantilizan, prohibiéndonos hacer determinada cosa o vestir de cierta forma, aun cuando esto signifique un beneficio para nosotras. Somos completamente capaces de resolver nuestra propia vida o de enfrentar las consecuencias de nuestros errores. De hecho, creo que no hay nada que defina mejor la autosuficiencia que tener la libertad de equivocarnos.

La película habla de otra cosa, sugiere el control de un hombre sobre una mujer como un afrodisíaco, donde la última se ve en la necesidad de mentir para evitar la furia del primero. Presenta un documento en donde ella se compromete a una dieta determinada, una cantidad de ejercicios precisos y comenzar a consumir pastillas anticonceptivas para no verse en la necesidad de recurrir al uso de condones. La protagonista es mostrada como un objeto que se debe moldear a las necesidades de su consumidor, parte, supongo, del ritual de sumisión.

Ahora, nada de malo tiene el BDSM cuando éste se realiza voluntariamente, pero en 50 sombras de Grey no sólo se presentan algunos estilos de estas prácticas, sino que se describe la intervención de Christian en la vida y decisiones de Anastasia, como si fuera una historia romántica, donde se sugiere la posibilidad de que el amor que ella despierte en él puede cambiar al monstruo que lo acosa. Aun otro cliché, quizás el más peligroso, donde la mujer violentada permanece al lado de su agresor con la esperanza que su cariño modifique su manera de ser.

El 14 de febrero, independientemente de su origen y la forma en que se festeje, debería abrirnos un nicho de oportunidad para reflexionar sobre las relaciones que tenemos y las que queremos crear. Disfrutar de películas eróticas en pareja o de juguetes sexuales puede animar el ambiente entre ambos, siempre y cuando exista un mutuo acuerdo, no así el confundir la fantasía sexual de una persona, que tuvo la oportunidad de mostrarla al resto del mundo, con la manera en que las mujeres deseamos secretamente que nos traten. Rompamos el halo de misticismo que rodea a las mujeres; si los hombres quieren saber realmente qué queremos, pregunten.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 16 de febrero de 2015.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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