Propósito de Año Nuevo


Entre las cosas que ha inventado el ser humano en su intento por organizarse para crear una sociedad más civilizada es el tiempo, y éste, de acuerdo a la observación que se ha hecho de las estrellas, es cíclico, al igual que el recorrido de nuestro planeta alrededor del sol.

Pero el que sea cíclico no indica que exista un fin o un principio cada que retornamos a la fecha que marcamos como el inicio del recorrido de la Tierra. Para bien o para mal, cada primero de enero es casi exactamente igual al día anterior, con diferencias muy ligeras. Si acaso lo único distinto es la cruda, ya sea física o moral, con la que enfrentamos el nuevo año.

Las fiestas decembrinas les sirven a muchas personas para desconectarse de la realidad diaria, tanto personal como global. Este diciembre, particularmente, la realidad estuvo mucho más adherida a la gente que los años pasados, por la situación que atraviesa el país, el cual está gravemente herido por el fantasma de la corrupción, de la impunidad y de la frivolidad e indiferencia de una buena parte de la clase gobernante. Pero ahora que el espíritu navideño se disipa, el contexto nacional volverá a acaparar la atención irremediablemente, quizás con más fuerza.

A la crisis de la desaparición de los 43 estudiantes y el pésimo manejo que el Estado ha dado a la misma, se sumarán los problemas económicos que enfrenta México, agravados por la cuesta de enero. Para la ciudadanía en particular, será un año de inicio lento en esta materia, a la cual tendremos que agregar el próximo gasolinazo y la inflación que provocará. Eso, por sí solo, sin contar los otros múltiples conflictos que nos aquejan, será suficiente para que el comienzo de 2015 se prevea muy tenso.

¿Cómo entonces podemos desearnos un feliz Año Nuevo sin que la frase suene a una broma tardía del Día de los Santos Inocentes? ¿Cómo no caer en el pesimismo cuando vemos que la cuesta de enero pinta más como una pared vertical, que como una pendiente? La respuesta puede sonar a cliché, pero dependerá de cada uno de nosotros.

La única forma en que podremos, alguna vez, cambiar la realidad nacional es entendiendo lo que quiere decir nuestra Constitución en el artículo 39, cuando afirma que “todo poder público emana del pueblo y se instituye para beneficio de éste”. Si comprendiéramos que el poder que ostentan los servidores públicos y representantes populares proviene de la ciudadanía, y su labor es para beneficiar a ésta, no a particulares o a partidos políticos, entonces quizás dejemos de rendirles pleitesía para exigirles resultados.

Lo anterior implica estar encima de ellos, o de ellas, todo el tiempo, de cuestionarles la razón, de demandarles la rendición de cuentas y la transparencia. A todos nos gustaría pensar que los funcionarios están ahí por su vocación por servir, pero la experiencia nos ha enseñado que la única forma en que se puede asegurar la honestidad es por medio de la vigilancia constante. Los falsos sentimientos de congoja de algunos representantes a la hora que se les piden cuentas salen sobrando, pues en materia de administración pública no puede haber corazones rotos, sólo cuentas claras.

Se necesita, por tanto, que la sociedad intervenga más, que no dejemos en las manos de unas cuantas personas el destino del país ni la participación ciudadana ni tampoco la protesta pública. Probablemente, no todos poseeremos las mismas habilidades o alcances, pero el esfuerzo por tomar parte, por exigir, por opinar, bien vale la pena, ya que nunca como hoy el país había estado en una situación tan delicada como ahora. Si hay un propósito que se tiene que hacer en la noche de fin de año, es el de comprometerse con México. Un objetivo que se debe cumplir.

Decía Mafalda, ese exquisito personaje creado por el caricaturista argentino Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, que el año que viene ha de ser muy valiente, pues viene, a pesar de lo mal que se vislumbra todo. Esto, a mi gusto, es definitivamente cierto, pero en lugar de caer en el pesimismo, me parece que nos da la oportunidad de decidir si queremos ejercer la soberanía o no; si nos reapropiamos del poder que tenemos o no; si vamos a alterar o a modificar la forma de nuestro gobierno, como nos faculta el artículo 39, o continuaremos caminando por el mismo sendero, aunque éste nos conduzca al abismo.

A mi parecer, nos acercamos cada vez al punto crítico en el cual las cosas deben cambiar, ya que las mismas circunstancias están orillando a la población a ello. Bien reza el dicho que no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que los aguante. Cómo va a suceder esa transformación y cómo vamos a participar en ella será lo que determine nuestro destino como Nación. Yo le apuesto a la democracia, aunque suene a frase del Día de los Inocentes.

Esta columna fue publicada el 29 de diciembre de 2014 en Diario de Colima.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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