Necesitamos Un Nuevo Sistema


EL asesinato y desaparición de los normalistas en Ayotzinapa, hace un mes y 8 días, parece haber despertado un descontento social que se ha manifestado en las calles de diversas formas. Algunas de ellas han sido legítimas, como las marchas, los bloqueos y las protestas; pero otras han estado fuera de proporción, generando e incitando a la violencia. Si bien los estudiantes se han desmarcado de lo sucedido en esos actos vandálicos, algunos de los cuales pueden ser obra de infiltrados que intentan deslegitimar el movimiento, también es cierto que no somos una Nación formada en una cultura de paz, por lo cual tal vez nos cueste comprender que ningún cambio que provenga de la violencia puede conducir a uno que valga la pena.

En conversaciones que he sostenido últimamente, la gente me habla de una revolución como la única solución para limpiar a México, para lograr una transformación que nos conduzca a un país democrático, más justo y más igualitario. Me sugieren incluso que quizás un golpe de Estado sería lo mejor que nos podría pasar, y me ponen como ejemplo a otros países que han sido regidos por dictaduras, como Chile o Argentina, los cuales aparentemente mostraron un gran progreso durante ellas.

Esas personas olvidan, quizás, que México ya ha sido gobernado por dictaduras antes, por dos en realidad, y hay quienes aseguran que por tres: la de Antonio López de Santa Anna, la de Porfirio Díaz, y la que el Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, bautizó como la “dictadura perfecta”, la del Partido Revolucionario Institucional. Tales personas tal vez no recuerdan que la historia del país ha estado plagada de traiciones, golpes de Estado y luchas por el poder, sin que nada positivo haya salido de ellas.

De las dos dictaduras en donde los Poderes se concentraron en una sola persona, probablemente la de Díaz Mori fue en apariencia la más próspera, pero aun así ese bienestar era sólo para unos cuantos cercanos al poder, mientras el resto de la ciudadanía se empobrecía. Quizás había estabilidad, pero era porque no se le permitía a la gente disentir, porque no se respetaba su voto y se perseguía y encarcelaba a quienes aspiraran a otra forma de gobierno. Tal vez había paz, pero estaba mantenida por la fuerza, mediante las armas.

Esas opciones ya han sido probadas y no funcionaron. Ya pasamos por dictaduras, golpes de Estado, revoluciones y guerrillas, y al día de hoy nos encontramos con una ciudadanía herida, enojada, harta, que no se siente representada por su clase política, pero tampoco tiene idea de qué hacer para que las cosas mejoren. Hay muchas personas que me han confesado que en realidad no creen que la situación pueda cambiar, pues cada representante popular que llega cubre al que se va, manteniendo así la impunidad de un sistema corrupto hasta la médula. Cada candidato o candidata que pretende gobernarnos está sujeto a un partido político manchado al que defiende sin chistar, a costa de la justicia y del Estado de Derecho.

No pretendo tener las respuestas. También yo me he preguntado cómo conseguir que las cosas mejoren en México, incluso he dudado de si es la democracia la forma de gobierno ideal para el país, sin lograr encontrar algún otro sistema de gobierno que pudiera funcionarnos. Aunque ¿cómo saber si la democracia es la adecuada para nuestro país o no, si jamás la hemos experimentado?

La forma de gobierno en México no es la democracia, es la simulación, pues la ciudadanía tiene prácticamente una injerencia nula en la manera como es gobernada. Las decisiones importantes son tomadas por una Cámara de Diputados y otra de Senadores que dice representarnos, pero que no nos toma nuestra opinión a la hora de votar. La única forma de participación que nos dejan son las elecciones, pero esas personas tampoco le responden al pueblo.

El sistema está diseñado para que ciudadanos y ciudadanas comunes no tengan forma de acceder al poder. La manera de llegar a él está secuestrada por los partidos, teniendo la gente que escoger entre uno u otro a la hora de sufragar, sin que sus designaciones garanticen que al arribar al cargo público les responderán a sus votantes, pues en realidad no son con ellos con los que deben quedar bien, sino con los dirigentes de los institutos políticos, que son quienes les darán las siguientes postulaciones para continuar así su carrera política, lo que genera una dependencia a los mismos. Las candidaturas ciudadanas aún están en pañales y debido a su falta de infraestructura natural están en gran desventaja respecto a los abanderamientos, por lo que todavía no son una opción efectiva en nuestra actualidad.

Son, pues, los partidos quienes realmente dominan el juego del poder en México, lo que origina que puedan darse el lujo de tener intereses muy específicos que no siempre van de acuerdo a la ideología que dicen poseer. ¿Cómo entonces confiar en alguno de ellos si descaradamente se han desdicho en múltiples ocasiones para pactar entre sí y lograr sus fines a pesar de la opinión de la gente? ¿Cómo creer que su interés es respetar la voluntad del pueblo si ni siquiera nos toman nuestra opinión? ¿Dónde está la democracia si el poder no está residiendo en el pueblo? ¿Cómo podemos elegir a algún candidato o candidata que en verdad nos represente? Me parece que debemos comenzar por cambiar el sistema.

En efecto, considero que necesitamos una revolución, pero no una que se haga mediante armas de fuego, siendo el crimen organizado quien más arsenal tiene en su poder, además de las fuerzas de seguridad pública; no creo que sea conveniente tomar ese camino. Necesitamos una revolución no violenta y constante que le recuerde a nuestro gobierno que el poder reside en el pueblo, por lo que ha de respetar nuestra voluntad.

Si pretendemos que se nos tome en cuenta, debemos entonces participar, interesarnos por lo que sucede en el país, por cómo están conformadas nuestras leyes y revisar aquellas que alejan la voluntad ciudadana de la toma de decisiones. Verificar el modelo económico y averiguar por qué no funciona. Hacernos preguntas respecto a por qué México no ha conseguido la seguridad alimentaria, cómo es que a partir del libre comercio se comenzó a matar al campo y cómo esto está contribuyendo a la pauperización de ciertas comunidades. Identificar si se está cumpliendo el contrato social y dónde está fallando, si todos y todas las ciudadanas tenemos acceso a los mismos derechos, por qué no y a quién sirve esto. Cuestionarnos todo esto y más, averiguar las respuestas y exigir que se cumpla aquello en lo que se está errando.

Si pretendemos vivir en una democracia, debemos ganarnos ese derecho. Dicen que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, pero merecer implica una participación constante para interesarnos por lo que sucede en el país, y asegurarnos de que ningún hombre o mujer decida a nuestro nombre sin tomarnos en cuenta. Si realmente hiciéramos valer nuestros derechos, no importaría quién llegara al poder, pues tendría que respondernos a nosotros, quienes jamás debemos de bajar la guardia para evitar que una vez ganada la democracia, esta vuelva a convertirse en tiranía.

Esta columna fue publicada el 3 de noviembre de 2014 en Diario de Colima.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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