La muchacha que fue descuartizada (por un joven que tocaba piano)


CUANDO Javier Méndez subió al podio para recibir su medalla de bronce en la Olimpiada Internacional de Física 2012 se abría un episodio luminoso que no tardaría demasiado en cerrarse. Acabaría poco más de un año después en un pequeño departamento del viejo edificio Juárez de Tlatelolco. De cómo un joven de 19 años, deportista, amable, educado, talentoso, se transformó en alguien que no era él y terminó por encajar un cuchillo en un cuerpo sin vida, de eso trata esta historia.

Así comienza la publicación que la revista Emeequis presenta en portada en su edición reciente, titulada “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”, por Alejandro Sánchez González, donde el autor, de forma novelada, narra la historia en tiempos distintos, intercalando el momento del asesinato de Sandra Camacho con el arresto de Javier Méndez y su consignación al Ministerio Público.

Si fuese una obra de ficción, podría decir que el relato es oscuro, pero bueno, parecido a la sátira negra, Recursos Humanos, de Antonio Ortuño, donde nos es posible identificarnos con los personajes en distintos momentos, debido al hastío producido por la rutina laboral, la cual se desarrolla casi completamente dentro de una oficina, así como a la diferencia de clases tan típica de nuestro país.

El problema aquí es que no se trata de una obra de ficción, sino que es la interpretación de un periodista sobre un hecho real que impactó a la sociedad mexicana: el feminicidio de Sandra Camacho, una joven de 19 años originaria de Ixtapaluca, a quien su familia no volvió a ver desde que salió de su casa el 28 de junio de 2013, cuyo cuerpo descuartizado fue encontrado 3 días después, en diferentes puntos de Tlatelolco.

Otra cuestión es que la revista Emeequis se ha distinguido por ser un medio serio, defensor de los Derechos Humanos, de la legalidad y de la equidad de género, lo que le ha creado un prestigio suficiente como para contar con influencia sobre sus lectores. Por ello es que sus editores tienen la responsabilidad de elegir entre sus periodistas a personas que representen sus objetivos; de lo contrario, aun cuando la responsabilidad de la publicación recaiga sobre el firmante, el peso de la revista es suficiente como para que quienes la leen consideren el mensaje que envía como válido.

La historia que escribe Sánchez González se encuentra totalmente basada en el punto de vista del asesino, de quien describe sus grandes capacidades intelectuales, resalta sus medallas obtenidas en concursos de física y su gusto por los instrumentos musicales. En pocas palabras, un muchacho destacable, una promesa de la ciencia cuyo destino se vio interrumpido de repente, para tornarse en una condena de prisión.

Relata el encuentro con Sandra, a quien lleva a su departamento con fines románticos. Una vez ahí, después de tener relaciones sexuales, Javier le dice que se va a ir al extranjero a estudiar, lo que Sandra no cree y comienza a burlarse de él “en plan mala onda, de plano, ojete”. Cuenta cómo Javier intenta explicarle, pero ella continúa con sus mofas, retándolo, él la empuja y ella cae, cuando se levanta tiene un chichón en la cabeza; comienza a gritar y a agredirlo, poniéndolo en una situación cada vez más difícil. “Javier trata de defenderse como puede. Es lo único que quiere. No le quiere pegar, sólo defenderse, pero la golpea en la cara. Ha sido un accidente. Pero ella grita más y más fuerte. Javier le dice que se calle, sus gritos son insoportables. Las uñas de Sandra rasgan levemente la piel del joven. Que se calle, por favor. Que se calle”. Este es el texto que Emeequis resalta sobre la escena que describe Alejandro Sánchez. Todo termina cuando “Javier no resiste más. La toma del cuello y caen al piso. Como si no fueran suyas, las manos de Javier se aferran al cuello de Sandra. Aprietan, más y más. Javier no lo ve en ese instante, pero se comporta como si otra persona tomara posesión de él. Aprieta las manos. No afloja. Aprieta más tiempo. Pasan los segundos. Una eternidad contenida en una fracción de tiempo. Oprime el cuello hasta que percibe que ella ya no hace fuerza”.

Leyéndolo así, casi se siente compasión por Méndez Ovalle, quien después se arrepiente y, por miedo, descuartiza el cuerpo para poder deshacerse de él. El autor hace énfasis en que su carrera prometedora se acabó, que sus sueños de estudiar física, tocar algún instrumento o seguir destacando en los deportes, llegaron a su fin. Pero poco habla de la víctima, y lo que de ella dice, parece justificar el homicidio. Javier sólo quería que le creyera, que dejara de burlarse de él, que se callara, que lo dejara de golpear. De acuerdo a Sánchez González, él nunca fue responsable de sus actos, parecía como si alguien más se hubiera posesionado de él para acallar a esa muchacha ojete que gritaba como histérica. Pobre Javier Méndez, su vida arruinada por una pobre diabla de Ixtapaluca.

La realidad es que no existe justificación alguna sobre lo que este joven hizo. Los hechos son que la asesinó, después desmembró su cuerpo para deshacerse de él y, posteriormente, huyó cuando creyó que podía ser apresado. La empatía que el autor del texto pretende lograr parece pasar por alto que es hacia un feminicida, y que la justificación equivale a hacer apología de dicho delito. No se trata de generar odio en su contra, pero tampoco de intentar dar una explicación sobre por qué la mató. No fue un accidente, fue una incapacidad de controlar sus impulsos. No se trata de El Extranjero, de Albert Camus, sino del asesinato de Sandra Camacho.

Desgraciadamente, lo que Alejandro Sánchez González realiza es mucho más común de lo que debería. Al intentar ser compasivos, hacemos del victimario la víctima, y culpamos a ésta por su destino, donde el machismo social sale a relucir: ¿Qué tenía que estar haciendo con un hombre, sola, en un departamento? ¿Por qué fue tan “ojete” al burlarse de él por sus sueños? ¿Por qué lo atacó cuando se sintió agredida?, y muchas otras preguntas que se podrían plantear para justificar su feminicidio. Pero si lo hacemos, si de verdad creemos que estos cuestionamientos son válidos, entonces quiere decir que reacciones como la de Méndez Ovalle son normales, y que todos los hombres se pueden convertir en feminicidas a la menor provocación. Personalmente, no creo en eso.

Me hubiera agradado leer una historia objetiva, sin adjetivos, sin diálogos que me forzaran a empatizar con alguna de las partes, como debe ser un trabajo periodístico. Pero si esto no es posible porque el estilo del escritor lo lleva más allá, me hubiese gustado conocer la historia de la víctima. Quizás la vida de ella no era tan prometedora. Tal vez no era una genio de la física, ni destacaba en los deportes ni tocaba algún instrumento musical; pero era una persona, y de las dos, fue ella la que acabó regada por Tlatelolco como si de productos cárnicos se tratara. Es la de ella la vida que se acabó, no la de él.

El texto completo de “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)” puede leerse en el siguiente link:http://www.m-x.com.mx/2014-09-21/el-joven-que-tocaba-el-piano-y-descuartizo-a-su-novia-int/

Esta columna fue publicada el 29 de septiembre de 2014 en La muchacha que fue descuartizada (por un joven que tocaba piano)

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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