La Herida Sigue Abierta


EL marco del 2 de octubre nos lleva casi por reflejo al recuerdo de lo ocurrido hace 46 años en la Ciudad de México, donde una cantidad indeterminada de estudiantes y simpatizantes del movimiento estudiantil del 68, que oscilan entre 200 y mil 500, según fuentes confiables, fueron cercados y masacrados en la Plaza de las Tres Culturas, y sus cuerpos desaparecidos, probablemente basados en la creencia de que no existe crimen si no hay un cadáver que lo compruebe.

La cicatriz que este acto de barbarie dejó en la sociedad mexicana no ha podido aún sanar completamente. Se recuerda a través de generaciones, quienes todavía se indignan al leer o ver los documentales que se han elaborado al respecto, o incluso al platicar con personas que vivieron dicho momento, pero que por alguna razón no estuvieron en Tlatelolco ese fatídico día, o que participaron y sobrevivieron. Mi madre fue una de ellas.

Cuando se inicia octubre y resurge el tema sobre la matanza de Tlatelolco, siempre menciona: “A mí me persiguieron los granaderos en el 68″, cómo preámbulo para comenzar a hablar de lo que significó para ella haber vivido esos momentos. Así, nos cuenta que muchos estudiantes, como mi mamá, no entendían bien el origen del movimiento, pero se unían a sus compañeros por una mezcla de solidaridad, rebeldía y la euforia que les provocaba el saber que se estaban transgrediendo las reglas.

Ella estudiaba en la Vocacional #7, ubicada en la Plaza de la Tres Culturas, que era uno de los centros de las reuniones más importantes de los huelguistas. Por su corta edad (tenía alrededor de 15 años), no se interesaba en averiguar los detalles de lo que estaba ocurriendo, pero eso no le impedía percibir la angustia de sus compañeros mayores, y compartir el pavor que sentían dentro de la escuela. Me cuenta que una de las sensaciones más difíciles de asimilar era cuando notaban la ausencia de algún alumno, ya fuera compañero o amigo, y entonces preguntaban: “¿Por qué no vino fulanito?”, o “¿dónde está zutanito?”, y escuchaban la respuesta: “Se lo llevaron y aún no ha aparecido”.
Recuerda que los adultos también simpatizaban con el movimiento, apoyando varias marchas, o incluso aportando víveres. En alguna ocasión, nos platica, la enviaron junto con otros estudiantes a recolectar comida; ella fue a la “Panadería Acapulco”, con la intención de pedir “pan para la causa”.

Al salir del negocio, unos granaderos que iban pasando vieron al grupo de estudiantes, entre los que se contaba mi madre, a quienes identificaron inmediatamente como parte del movimiento de huelga, por las charolas cargadas de pan que llevaban. Mi mamá alcanzó a verlos antes de salir y dejó una de las bandejas para que no la relacionaran con los huelguistas, y se fue caminando junto con sus compañeros. Apenas habían dado unos pasos, cuando notó que los elementos los seguían amenazadoramente, por lo que empezó a correr con sus amigos.
Mientras corría, se percató de que los granaderos iban tras ellos, lo que le recordó las veces que había preguntado por sus compañeros ausentes y la típica respuesta que le daban: “Aún no ha aparecido”. Ella no quería ser una desaparecida más.

El corazón se le salía del pecho por la combinación del miedo y la adrenalina. Decidida a que no la agarraran, dejó de voltear a ver a sus perseguidores y continuó corriendo con todas sus fuerzas. Pasaron algunos minutos y aunque sospechó que ya no la seguían, continuó su carrera hasta llegar a su casa, donde por fin se sintió segura de haber escapado de sus perseguidores.

A pesar de su miedo, no compartió el incidente inmediatamente con sus padres, sino hasta después de varios días. Cuando por fin les platicó, les explicó que su escuela, la Vocacional #7, era uno de los planteles más involucrados en el conflicto.

Pasaron pocos días luego de que mi madre les contara, para que ellos determinaran enviarla a Colima, junto con mi tío, su hermano menor, por miedo a que la situación escalara más y sucediera alguna desgracia. Antes, mi abuelo había ido a buscarlos a “la Voca #7″ y encontró a mi madre pintando camiones con las consignas de “muera Cueto”, “muera Mendiolea”, “abajo Díaz Ordaz”. Se los llevó ese día, enviándolos a Colima para que aquí continuaran sus estudios.

Poco después, cuando mi mamá se enteró de lo acontecido el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, sintió terror y tristeza, pero tuvo la certeza de que sus padres le habían salvado la vida con la decisión de sacarla de la Ciudad de México, pues al haberse convertido la Vocacional #7 en una de escuelas más participativas en el movimiento y junto a la plaza donde ocurrió la masacre, seguramente ella habría estado ahí ese día y hubiese compartido el destino de sus compañeros y compañeras, a quienes jamás volvió a ver, porque nunca más aparecieron.

Historias como éstas abundan, algunas mucho más trágicas y sin un final tan afortunado. La generación que vivió el movimiento del 68 todavía esta aquí para contar sus experiencias de supervivencia, y en espera de justicia para sus compañeros y compañeras desaparecidas.

La masacre del 68 es una herida que sigue abierta porque significa una traición del gobierno a la gente, a la cual se supone que se debe y por la que trabaja. Y no ha podido cerrar porque va acompañada de la peste que es la impunidad, que le impide sanar correctamente. Porque actos como ese continúan sucediendo, aunque de forma más velada, sin que existan consecuencias para los responsables. Ahí está el halconazo (1971); ahí está Atenco; ahí está Acteal; más recientemente, ahí están los normalistas desaparecidos de Ayotzinapa; ahí está la ejecución de personas desarmadas en Tlatlaya.

Es una herida que no cierra porque aún no deja de sangrar, porque no hemos aprendido de nuestros errores. Quizás la matanza del 2 de octubre de 1968 haya sonado más porque no pudieron ocultarla adecuadamente, porque fueron tantos los asesinados, que se les salió el caso de las manos, o quizás porque no eran indígenas defendiendo sus tierras, porque eran jóvenes pertenecientes a la élite que tiene el privilegio de ir a la escuela, de personas visibles captadas por cámaras, de ciudadanos y ciudadanas de primera. Pero eso no indica que acciones como la del 68 hayan dejado de ocurrir, aunque en menor escala, sólo que no hemos sabido hacia dónde mirar, o hemos preferido no hacerlo.

P.S. Alumnos del Politécnico protestaron por las reformas que se hicieron en su escuela, que consideraron transgredían sus derechos. Las imágenes transmitidas por televisión y las fotografías de las marchas nos abrumaron por la participación ciudadana, recordándonos el movimiento de hace 46 años, a unos días de su aniversario. Afortunadamente, hasta el momento, los estudiantes han sabido comportarse a la altura de las circunstancias, manteniendo las manifestaciones pacíficas. De la misma forma, las autoridades han respondido adecuadamente, abriendo la puerta al diálogo y suspendiendo las enmiendas en cuestión. Esperemos que se encuentren las soluciones correctas entre ambas partes, en un ambiente de cordialidad, respetando los Derechos Humanos de los estudiantes, así como su libertad a manifestarse. México estará observando.

Esta columna fue publicada el 6 de octubre de 2014 en La herida sigue abierta

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s