Sentimientos encontrados


MÁS sorprendente que la captura de El Chapo me parecieron las marchas que se realizaron en Sinaloa para demandar su liberación. ¿Cómo –me preguntaba– la gente puede ser capaz de manifestarse en las calles para pedir al gobierno que ponga en libertad al delincuente más buscado del mundo? ¿Es que ya olvidaron los muertos de los que, directa o indirectamente, es responsable?, ¿también toda la corrupción que tenía que existir dentro de las instituciones oficiales, auspiciada con el dinero del narco, para que el cártel pudiera operar?, ¿así como la impunidad que hacía distinciones en una justicia que debe ser ciega para funcionar? ¿Ya no recuerdan que era la supuesta complicidad entre El Chapo y Enrique Peña Nieto lo que no permitía que bajaran los índices de violencia?

Por supuesto que lo más sencillo sería emitir un juicio y despotricar contra esas miles de personas que salieron a las calles con mensajes de apoyo a Guzmán Loera, algunos de los cuales eran tan audaces que llegaban a ofrecer los cuerpos de sus portadoras para continuar con su legado cromosómico. Pero no es mi intención contribuir más a la polarización de la sociedad, sino tan sólo tratar de entender las razones por las cuales una buena porción de la población se vuelca a exigir que se ponga en libertad a este personaje, del cual, dudo, puedan cuestionar su involucramiento en los delitos por los cuales se le persigue.

Considero que un motivo importante es la leyenda que se ha hecho en torno a El Chapo Guzmán, como el rebelde que logró engañar a las autoridades y construir un imperio capaz de luchar contra las mismas; de vivir al margen de la ley, escapando una y otra vez, y pasar de ser un mártir perseguido al ungido capaz de poner en jaque a todo un sistema. Esto tal vez por ese sentido romántico de atreverse a ir en contra de lo establecido, quizás inspirado en nuestro pasado revolucionario que nos insta a levantarnos contra un régimen que no nos permite la movilidad social.

Es cierto, tenemos una cultura que se ha emancipado de poderes opresores ya varias veces, incluso antes de que llegaran a estas tierras los españoles, quienes ya habían pasado por luchas cruentas en Europa, siempre en pos de la libertad como quiera que ésta se concibiera, o justificara, en su momento.

La misma industria hollywoodense se ha encargado de construir en los delincuentes una especie de heroísmo y promovido su admiración entre el público. Desde Bonnie y Clyde, Dillinger (de la vida real) o Thelma y Louise, hasta Vito y Michael Corleone (del cinematógrafo), quienes incluso podríamos interpretar que tenían un cierto sentido de la ética y la moralidad en sus propias reglas del juego.

Pero Joaquín Guzmán Loera no es un héroe y sus acciones distan mucho de estar dentro de la desobediencia civil en desafío a leyes injustas. Se trata de un hombre que creó un imperio traficando con químicos, prohibidos por poner en riesgo la vida de quienes los consumen, presionando, amenazando y sobornando a funcionarios y autoridades para pasar por encima de las reglas establecidas; participando y provocando guerras para controlar su territorio que dejaron miles de muertos, donde muchos civiles inocentes perecieron como víctimas colaterales. Lo anterior no es digno de admiración, y si así resulta para algunas personas, es en parte a la visión distorsionada que tenemos sobre el valor, donde lo que se reconoce no es ya la lucha por una causa justa que respeta la dignidad humana y a sí misma, sino el poder del soberano, aquel que se distinguía en fuerza por la cantidad de personas de las cuales podía disponer si vivían o morían. Eso no es poder legítimo, es tiranía, y no sólo es absurdo que la gente admire a una persona así, sino que es peligroso.

Sin embargo, en mi opinión, no todo se deriva de una visión distorsionada del mundo, sino que hay viejas culpas y actuales responsabilidades por repartir, pues si El Chapo Guzmán llegó a ocupar un sitio de poder en algunos sectores, fue porque había un vacío que podía ser cubierto, uno que se llenó cuando a grupos sociales olvidados se les otorgó una forma de mantenerse a sí mismos y a sus familias, de moverse en la escala social, cuando se les dio la protección que las agencias de seguridad pública no les ofrecían, y la justicia que los jueces y magistrados no les prestaban; cuando alguien los volteó a ver sin que fuera periodo electoral y, por una vez, les cumplieron las promesas que les hicieron. Esa gente que apoya a El Chapo, pues, es posible que sea la consecuencia de años de olvido e indiferencia, y a la creencia de que hay personas que se pueden conformar con existir en los límites de la supervivencia y ser felices.

Por supuesto que nada justifica la apología del delito, pero hacer un juicio de valor resulta vano al momento de buscar soluciones. Las manifestaciones en apoyo a Joaquín Guzmán muestran una sociedad polarizada, un tejido social roto, un reclamo al sistema existente que debe de prestar atención e introducir los cambios necesarios para recuperar a un número importante de personas que no consideran la delincuencia como un problema para la sociedad, y son capaces de condonar la violencia mientras otras necesidades se vean satisfechas.

Otro foco rojo al que se debe de poner atención es al silencio que existe del otro lado, a la gente que prefirió callar antes de manifestar su apoyo a la aprehensión del famoso narcotraficante cuando fue convocada, pues si el peligro hubiera pasado, estas personas no habrían tenido reparo en salir a demostrarlo, pero su ausencia muestra el miedo –¿o quizás indiferencia?– de que la captura de El Chapo Guzmán no les ha devuelto su libertad, o la sensación de seguridad.

Esta columna fue publicada el 3 de marzo de 2014 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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