Modelo a seguir


TAL vez el principal logro de Nelson Mandela fue el que conquistó en su propia persona, cuando consiguió anteponer el bien de una Nación al deseo de venganza del Gobierno que le había robado 27 años de su existencia, los cuales pasó en una celda diminuta, condenado injustamente a una vida de prisión por haber defendido la idea de que los negros eran iguales a los blancos y merecían tener los mismos derechos y oportunidades que ellos. Proeza que logró, quizás, porque sabía que se había convertido en líder de una Revolución y tenía el poder de conducirla por la vía de la paz o de la violencia.

El jueves pasado, Nelson Rolihlahla Mandela murió a los 95 años, dejando un sentimiento de pérdida más allá de las fronteras de Sudáfrica, su país. “Se transforma en el primer político que será extrañado”, aseguraba el periódico digital The Onion, caracterizado por sus bromas y sátiras en la red, lo cual, salvo por la excepción de algunos extremistas, bien puede ser cierto.

Sin embargo, a pesar del indiscutible éxito de convertirse en el primer Mandatario negro en Sudáfrica, y de haber sido clave en la abrogación del apartheid, junto con el entonces presidente Frederik Willem de Klerk, la situación de ese país dista mucho de ser la de una Nación democrática, justa e igualitaria. A su muerte, Madiba deja un país en donde el poder económico sigue en manos de la minoría blanca y la mayoría negra se encuentra sumida en la pobreza, no su soñada Nación arcoíris. Tal vez lo que sí ha cambiado es que ahora la discriminación no sólo es por motivos de raza, sino también por estatus social.

Tristemente, el partido que logró el cambio, por el que Mandela compitió para ser elegido como el primer Mandatario negro de la historia sudafricana, el Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas en inglés), es ahora señalado por perpetuar las mismas prácticas de quienes se encontraban antes en el poder, desdeñando a la población negra para favorecer a la blanca, que aún detenta el poderío económico, al cual se están uniendo algunos integrantes del mencionado partido.

Las y los trabajadores negros que sobrevivieron al régimen de segregación racial confiesan vivir ahora una pobreza mucho más difícil que cuando existía el sistema de los Boers, ante la indiferencia de un partido que da la impresión de que su auténtico interés era el de llegar al poder, más que el de producir un cambio en el nivel de vida de los herederos de esa tierra. El fantasma de la corrupción y el interés personal parecen haberse puesto por encima de los ideales por los que originalmente luchaban.

Por otro lado, hay también algunas limitaciones de tipo legal. Hacer una transición pacífica no es fácil, pues lo que no se toma por la fuerza debe negociarse para que quienes detentan el poder no se sientan tentados a ejercerlo. Por eso fue que Nelson Mandela pactó con los terratenientes blancos, asegurándoles que no tenía intenciones de nacionalizar sus propiedades, decisión que podrá criticársele fuertemente, pero sin la cual el cambio que logró en lo político no hubiera sido posible. Es apenas hasta el año siguiente cuando el Gobierno plantea la transferencia del 30 por ciento de tierras cultivables a habitantes de raza negra.

El racismo es otro problema que no ha podido ser combatido en su totalidad. En un país en donde la segregación racial era legal, y la brecha económica estaba ligada al color de la piel, el odio parece una consecuencia natural. A pesar de los discursos de paz de Mandela, y sus acciones para evitar confrontaciones por motivos de raza, todavía existe un racismo acendrado en ambas partes. Mientras el 42.9 por ciento de las y los sudafricanos negros se quejan por vivir con el equivalente a 2 dólares al día, la ciudadanía blanca acusa a la negra de ser el objetivo de una criminalidad creciente.

Sin duda, Madiba, quien estaba destinado a ser el jefe de su clan, y terminó entrando en la historia como el primer presidente negro de Sudáfrica, fue un hombre cuya lucha cambió el destino de una Nación, pero sobre todo, que marcó la diferencia en la forma como se hizo dicha transición. Fue, indiscutiblemente, un gran personaje, admirable por su resistencia, su humildad y su disposición para perdonar; esa capacidad de negociación garantizó la entrada de su raza al espacio de la toma de decisiones de su país. Pero es también muestra de que, para cambiar a una Nación, hace falta más que un solo hombre; de que para cambiar a una Nación no se requiere de un milagro, sino de un esfuerzo conjunto.

Nelson Mandela es hoy extrañado en todo el mundo, quizás porque representaba el ideal del líder político que parecía interesarse genuinamente por lograr un país en donde cupieran todos, más que por beneficios y privilegios personales. Tal vez más que extrañarlo, en realidad sintamos anhelo por tener un dirigente así, aunque me parece que en lugar de eso, deberíamos de tomarlo como inspiración, como modelo de cómo habría de ser quien aspire a gobernarnos, y no conformarnos con menos.

Descanse en paz, Madiba.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 9 de diciembre de 2013

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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