La reflexión de la Ciudad de las Flores


EN el estado de Morelos, a tan sólo 36 kilómetros de Cuernavaca, se encuentra la ciudad fortificada de Xochicalco, la cual tuvo su apogeo en el periodo epiclásico (650-900 d.C.). Dicho asentamiento se ubica en una colina a 130 metros de la planicie, el cual está conformado por varias fortificaciones entre las que destacan la pirámide de las Serpientes Emplumadas, la Acrópolis, el Juego de Pelota y el Observatorio, que consiste en un túnel oscuro que se abre en una cueva por la que se cuela un chorro de luz a través de un hueco de forma hexagonal en el techo, por donde se podía registrar el trayecto del sol hacia el Trópico de Cáncer. En dicho espacio, los días 14 y 15 de mayo y 28 y 29 de julio, el astro rey se proyecta por la oquedad, iluminando todo el recinto. Dicen los lugareños que la luz llegaba a ser tan intensa, que se cree era utilizada, entre otras cosas, para identificar fracturas a través de la piel cuando se colocaba el miembro comprometido bajo ella.

La belleza de Xochicalco es de llamar la atención. En los vestigios arqueológicos se han encontrado restos de moldes y maquetas de los edificios, que se considera fueron usados como modelos a escala para servir de base al construir. Los ornamentos, dedicados en su mayoría al dios Tláloc, estaban exquisitamente tallados en piedra, lo que nos da una idea de la buena calidad de los artesanos y escultores que poblaban el lugar.

Su caída, anterior a la llegada de los españoles, es hasta el día de hoy un misterio, pero algunos arqueólogos, como Norberto González Crespo, quien fue el responsable de su exploración durante 20 años, sostiene dos hipótesis: una se inclina hacia una disputa entre dos grupos de poder, mientras otra sugiere que se debió a una revuelta popular. En el museo donde se exhiben las piezas recobradas de la zona, se narra una historia de lo que pudo haber sucedido, quizás por un largo periodo de sequía, sumado a la sobreexplotación del pueblo por la clase gobernante. Una parte de este relato dice así: “Después de años de explotación y una prolongada sequía, el pueblo agotado, hambriento y enfermo sintió el abandono de sus dioses. Pensó que su desamparo estaba originado por sus escasos sacrificios y ofrendas rituales y porque sus dirigentes, representantes de los dioses en la tierra, habían faltado a su cometido de defender, sobre todas las cosas, la sobrevivencia de la comunidad a la que pertenecían. Por ello, sus gobernantes no tenían razón de ser y no merecían más respeto”.

A pesar de la incertidumbre sobre lo que en realidad pasó en Xochicalco, el pasaje anterior debería llevarnos a la reflexión sobre lo que probablemente aconteció en ese centro ceremonial prehispánico, en donde uno de los supuestos sugiere que el mismo fue destruido por sus propios ciudadanos, maltratados y subestimados por sus gobernantes.

Las sociedades democráticas, como la nuestra, funcionan bajo un principio de autoridad basado en la confianza que la población deposita en sus dirigentes, a quienes les otorga el poder, bajo la condición de que será usado para protegerles y dotarles de las herramientas para su buen funcionamiento, en donde todos y todas sean capaces de acceder a las mismas oportunidades, garantizándoles sus necesidades básicas, así como la movilidad social mediante el trabajo honrado.

Pero cuando esto no sucede así, cuando la ciudadanía, cada vez en mayor número, se ve obstaculizada de lograr un nivel de vida digno para caer en la mera supervivencia diaria, debido a que las políticas implementadas, en lugar de brindarles los mínimos indispensables para competir de manera igualitaria con quienes integran las élites, se aseguran de mantener situaciones de desigualdad, la función de la autoridad se vuelve absurda, y por lo tanto, su legitimidad comienza a cuestionarse, lo que facilita una movilización para suplantarla por otro poder que sí satisfaga sus necesidades.

El surgimiento de personas en varios municipios de Michoacán, que han formado grupos de autodefensa, pudiera responder a un planteamiento parecido, donde la población se rebela ante una autoridad que se ha mostrado incapaz de proveerle de sus requerimientos básicos, entre los que se encuentra la seguridad.

Este año amanecimos con la sorpresa de los incrementos en los precios de los alimentos, producto de la inflación ocasionada por los nuevos impuestos, así como por los aumentos en las gasolinas, las cuales, al ser empleadas para transportar los comestibles, impactan a la vez en el costo de los mismos, lo que se traduce en una dificultad cada vez mayor para los padres o madres de familia, de proveer lo básico para la alimentación en sus hogares.

El descontento de la población por su creciente dificultad para alcanzar un nivel de vida digno, sumado a la desconfianza por la efectividad de las reformas constitucionales aprobadas el año pasado y a la inseguridad, que lejos de bajar parece aumentar, podría constituir un caldo de cultivo para que más municipios, incluso fuera de Michoacán, opten por constituir autodefensas, en lo que claramente se trata de insurrecciones dirigidas a mermar la autoridad de un poder que ha disminuido su legitimidad.

Para que esta situación se detenga y no se propague a otras entidades, es necesario que los gobernantes enfoquen su atención en las necesidades de la población que no están siendo satisfechas, sobre todo de aquella que se encuentra en condiciones de vulnerabilidad, para que no llegue el momento en que pierdan ante la sociedad su razón de ser.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 13 de enero de 2014

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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