La cultura en Cuyutlán


AUNQUE quizás no todas lo admitan, muchas mujeres hemos sentido alguna vez la curiosidad de ir a uno de esos bares para “caballeros”, donde los hombres se entretienen, divierten e incluso cierran negocios mientras las mujeres bailan y se desnudan al ritmo de la música y el flujo de efectivo de los clientes. Se trata de pisar un suelo que, por principios morales, se nos está vedado, de un acto de rebeldía.

Cuando estudiaba la carrera, un amigo que cumplía años quiso continuar su festejo en uno de estos lugares, lo que nos dio la oportunidad perfecta, a unas amigas y a mí, de entrar a uno de ellos mientras éramos “cuidadas” por nuestros amigos varones, sin embargo, por habernos decidido tarde, no llegamos al mismo tiempo, lo que nos hizo pasar un momento desagradable con el guardia de la entrada, quien no quería permitirnos el acceso por el hecho de ser mujeres.

Desde el estacionamiento tuvimos que llamarle al festejado para que saliera por nosotras y entonces poder entrar legítimamente. “Políticas de la empresa”, dijo el encargado, “es que ya hemos tenido más de una escenita de celos de las esposas”.

Una vez pasado el guardia y con nuestro protector por delante, pagamos la entrada y a cambio recibimos unos boletitos que podían ser canjeados por un “baile” gratis. Por fin cruzamos la puerta y, al ingresar, el escenario más insólito: se presentaron ante nuestros ojos mujeres enormes, semidesnudas, bañadas con las más extravagantes luces que hacían centellear el aceite en su piel; caminaban entre las mesas donde estaban sentados los “caballeros”, portando si acaso algún retazo de tela que cubría la que consideraban la más noble de sus partes, mientras se contoneaban cerca de algún cliente.

Con un sentimiento extraño, nos dirigimos en fila india hacia la mesa en la que estaban sentados nuestros amigos, la cual resultó estar justo en la parte trasera del bar, por lo que debimos constatar de primera mano que el respeto que aquellos hombres de traje nos hubieran prestado en cualquier otro sitio, en éste era inexistente. Aun cuando la diferencia entre las bailarinas, las meseras y nosotras era evidente, tanto en maquillaje como en varios kilos de ropa, uno de los individuos elegantemente trajeados no reparó un segundo en acariciar la parte baja de la espalda de mi amiga, justo quien iba de la mano de nuestro guía. Para su mala suerte, la persona que se encontraba tras ella era su hermana, por lo que hubo que contenerla para que no se le lanzara encima al “confundido” tipo. ¿Mi amiga?: Prefirió no darse por aludida, para así evitar un conflicto.

Por fin llegamos a nuestra mesa. Nos sentaron a cada una en un sospechoso sillón rojo, el cual, notamos, tenía un pequeño banco a un lado, que, hasta ese momento, no me imaginaba para qué podía servir, aunque estaba casi segura de que no era para poner allí la bolsa. Mientras nos sentábamos tratando de que las partes libres de la piel no tocaran la tela del asiento, observábamos el dantesco espectáculo que se nos desplegaba, con escenas de varias equis, altamente censurables.

Ya sentadas, algunos de nuestros amigos llegaron a saludarnos y a asegurarse de que estuviéramos confortables, en una actitud mucho más protectora de lo habitual, con la excepción de algunos amigos de nuestros amigos, quienes volvieron a pedir que les diéramos los boletitos de la entrada que podían canjearse por un “sexy”, o bien, que solicitáramos uno para que nos vinieran a bailar mientras ellos observaban. Fueron tan insistentes y su lenguaje tan gráfico, que hubo necesidad de levantarles la voz para aclararles que el que estuviéramos en ese lugar no significaba que trabajáramos ahí. Parecía ridículo tener que aclararlo, pero nos dimos cuenta de que era preciso, ya que a partir de que cruzamos la puerta, lejos de ser sólo tres clientes más, al parecer, nos habíamos vuelto “disponibles” y nos estaba costando mucho trabajo dejar en claro que no lo estábamos.

Una vez más tranquilas, pudimos ver que la descomunal estatura de las mujeres que deambulaban por el sitio se debía a unos tremendos zapatos que, no obstante el tacón largo, contaban además con una enorme plataforma. No pude evitar pensar en lo cansadas que debían terminar después de caminar y bailar toda la noche en esas condiciones, además de la facilidad con la que caerían al no doblar bien los talones.

Para mi sorpresa, a los pocos minutos de haber llegado al lugar, tres trabajadoras del establecimiento, con igual escasez de ropa, se acercaron a donde estábamos nosotras y se sentaron en el banco al lado del sillón. Inmediatamente, el mesero nos abordó y preguntó si nos gustaría tomar algo e invitarles a las damas. Mis amigas rechazaron comprarles una bebida, por lo que sus “acompañantes” se retiraron, pero yo tenía curiosidad, así que dejé que pidiera para entrevistarla y ver aquel sitio a través de sus ojos.

Me dijo que su verdadero nombre era Esperanza, pero que en aquel lugar la llamaban Violeta, que contaba con 36 años y 4 desde que había ingresado a ese negocio; tenía un hijo al cual no veía desde hacía 2 años por vivir éste en Limón, Costa Rica, de donde era ella y a quien le mandaba dinero cada semana. Me confesó que el trabajo no le gustaba, “a ninguna nos gusta”, agregó, “pero se gana buen dinero y tenemos necesidades, aunque yo sí pongo mis límites”.

Le pregunté si su labor se limitaba a bailar y hacer que le invitaran bebidas, a lo que dijo que sí, pero que si el cliente ofrecía una forma de ganar dinero extra, el mismo debía acudir con el encargado del establecimiento para solicitar permiso para dejar el lugar por unas horas, pagándole a éste antes de salir. “Son muy estrictos”, afirmó, “deben decir a dónde te van a llevar y a qué hora te van a regresar; si no lo hacen, hasta pueden ir a buscarte; te cuidan mucho”.

Esperanza me confió que llegaba a ganar hasta 3 mil pesos a la semana, de los cuales ahorraba lo más que podía, porque sabía que en ese negocio la belleza cuenta y la edad no ayuda. “Pero es difícil encontrar otro trabajo en donde puedas ganar esta cantidad de dinero, y una se acostumbra a pagarse sus cosas”. A pregunta expresa, me dijo que no espera conocer a algún hombre que la “sacara” de esa vida, pues no estaría dispuesta a sacrificar su libertad. Comentó que “una vez que tú te pagas tus cosas, no aguantas que un hombre te diga lo que tienes que hacer”, aunque es difícil soportar el trato y los requerimientos de algunos de los clientes.

Esa fue mi experiencia en un club nocturno, la cual no me interesa repetir. Lo que ahí constaté es que la mayoría de los hombres que van a esos sitios (al menos los que estaban en esa noche en particular) miran a las mujeres como meros objetos destinados a su uso y entretenimiento, sin importar cómo luzcan o si están dispuestas a interactuar con ellos. Mi mayor sorpresa fue ver que esto le sucedía incluso a los hombres que estaban con nosotras, a quienes nos conocían y sabían que éramos invitadas del cumpleañero. Incluso nos llegaron a mirar como entretenimiento, al sugerir que pidiéramos el baile sensual para que ellos pudieran observarlo. En ese instante, tan sólo por haber cruzado el umbral, dejamos de ser personas. En ese momento, sin que nos hubiéramos dado cuenta, para ellos, nos habíamos convertido en putas.

¿Fue nuestra culpa? Muchas personas podrían creer que sí, que nada teníamos que estar haciendo en ese tipo de lugares, pero pensar que mis amigas y yo merecíamos ser irrespetadas por haber acudido a ese establecimiento, es lo mismo que afirmar que una mujer merecía ser violada por como iba vestida, o que una en la calle a altas horas de la noche está buscando sexo. Es la cultura de la violación que le hace creer a los hombres que el mundo les pertenece a ellos y las mujeres son objetos que están disponibles para tomarse cuando así lo consideren.

Sin embargo, a pesar de que los clubes nocturnos pueden llegar a traspasar límites legales de trata de personas, al menos en Colima son legales, y quienes participan en ellos, tanto trabajadores como clientes, son en su totalidad personas adultas, que en un grado u otro aceptan interactuar de esa manera. Mas lo que ocurrió en Cuyutlán, en Semana Santa, donde dos mujeres se desnudaron en público alentadas por un regidor del PRD, es una historia muy diferente.

No se trata de moralidad –quien me conoce sabe que no me asusta ver un cuerpo desnudo–, sino de respeto, de que esto no habría sucedido si los que hubieran estado en el escenario hubiesen sido hombres. De haber ocurrido así, seguramente el concurso habría versado sobre otra cosa y no se les hubiera incitado económicamente a que se desnudaran. Al menos no sin consecuencias homofóbicas.

En mi columna pasada escribí sobre la diferencia entre el discurso político de género y la realidad, sobre cómo la igualdad entre hombres y mujeres se utiliza como bandera en todos los partidos y hasta se discute la necesidad de formar más cuadros femeninos, mientras la cultura que se vive es completamente distinta. Lo sucedido en la mencionada playa de Armería es un claro ejemplo de lo anterior, pues mientras en el PRD promueven una reforma con la intención de que una mujer pueda competir para la gubernatura en los siguientes comicios, uno de sus ediles demuestra (por cierto, con muy mal gusto) lo poco que entiende sobre equidad de género.

También queda muy claro que las mujeres pueden ser machistas (iguales, ni en mayor ni en menor medida que los hombres), como es el caso de la alcaldesa de Armería, quien debió de haber sido mucho más enérgica, y suspender, multar e incluso arrestar a quienes estaban incitando dicho acto, que no sólo alentaba la violencia de género, sino que además no era apto para menores de edad; donde se estaba promoviendo el ver a las participantes como meros objetos destinados para uso y disfrute de los espectadores masculinos, borrando del mapa a las mujeres, niños y niñas que ahí se encontraban, a quienes, por cierto, les estaban brindando el mejor ejemplo del rol que habrán de desempeñar cuando lleguen a la edad adulta. Un pequeño adelanto para el Día del Niño (y de la Niña).

Quien entiende de los derechos de las mujeres sabe que este es precisamente el principio de la cultura de la violación en la que vivimos, donde se observa a las mujeres como objetos, como simples cuerpos que pueden ser usados por los hombres de acuerdo a la situación y la circunstancia que ellos determinen conveniente. Que esos 2 mil pesos por los que las muchachas se desnudaron se traducirían en una cena, en una joya, en un vestido o en alguna otra baratija con la cual puedan comprar el derecho de poseerlas, al final de cuentas, es un pago que, al ser aceptado, sería considerado como un compromiso dentro de la mentalidad a la que me refiero, en la que las mujeres dejamos de ser personas con derechos sólidos, para convertirnos, lo queramos o no, en parte del show.

Todo esto, obvio, en el marco del calvario, muerte y resurrección de Cristo, que para eso sí son muy católicos.

Esta columna fue publicada el 28 de abril en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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