“¡Eeeeehhh, puuuto!”


SINCERAMENTE, no soy una persona que siga mucho el futbol, por lo que fue en este Mundial la primera vez que vi a la afición mexicana agitar la mano mientras el portero contrario se acomodaba para despejar el balón del área y gritar al unísono “¡eeeeehhh, puuuto!”, en el momento en que pateaba la pelota.

La verdad, me sorprendí, no sólo por la coordinación y solidaridad de los espectadores mexicanos para lanzar el grito, sino por el atrevimiento del mismo. En ese momento, me enfrenté a un dilema personal, porque si bien a una parte de mí le daba gracia el acto, a otra le causaba una gran preocupación.

La disyuntiva se resolvió cuando la Fédération Internationale de Football Association (FIFA) amenazó con multar a la Selección Mexicana por la expresión de sus seguidores, pues eso desencadenó la indignación de una inmensa cantidad de gente, por ese claro intento de censura y falta de sensibilidad ante algo propio de la cultura de este país.

Dejando de lado que la FIFA no está precisamente legitimada moralmente como una entidad defensora de la diversidad sexual, me parece interesante que los y las mexicanas consideren una especie de insulto el que se les advierta con sancionar a su selección si insisten en gritarle “puto” al portero, pero sean incapaces de ver la violencia que viene aparejada con la palabra.

Desgraciadamente, es verdadero el argumento de que la expresión mencionada es parte de la cultura en nuestro país, pero esto no es algo de lo cual debamos enorgullecernos, sino que, por el contrario, deberíamos de enfocarnos en reconocer y eliminar.

Entre las viñetas gráficas creadas por el ingenio mexicano para demostrar que la intención del grito no es peyorativa, se citó incluso aquella canción de Molotov que lleva el mismo nombre. El meme indica que en nuestro país puto es “el que no brinque, el que no salte; el que no brinque y eche desmadre; el güey que quedó conforme; el que creyó lo del informe; y el que nos quita la papa”.

¡Sí, es ingenioso!, y ¡sí, causa gracia!, pero esa misma canción también dice: “Amo matón, matarile al maricón. ¿Y qué quiere ese hijo de puta? ¡Quiere llorar! ¡Quiere llorar!”, donde “matarile” claramente se refiere al destino que deben de sufrir aquellos que no respeten a cabalidad la masculinidad hegemónica, esa representada en la imagen del hombre valiente, que no llora, que no cede a sus sentimientos; al hombre de hielo que nada lo perturba, quizás excepto que le digan puto.

Puto y puta son en México los peores adjetivos con los cuales se puede ofender a un hombre o a una mujer. El primero, que es el que nos concierne en este momento, es claramente un señalamiento homofóbico, pues está destinado a cuestionar la masculinidad del varón, sea éste homosexual o no, quien corre el riesgo de perder la calidad de persona si es clasificado como tal y, por lo tanto, convertirse en un otro; es decir, en alguien diferente, a quien se está bien maltratar, atacar e incluso matar. “Matarile al maricón”, dice la canción.

Pero el verdadero problema, el que me preocupa, es que esta mentalidad está tan arraigada en la idiosincrasia de las y los mexicanos, que una gran mayoría no es capaz de darse cuenta de la violencia intrínseca que conlleva, pues se ha normalizado tanto que ha pasado a ser natural en nuestras vidas, lo que contribuye a que se sigan violando los derechos humanos de personas de la diversidad sexual, e incluso a que se continúe fomentando el odio que puede terminar en el asesinato de estas personas. “¡Por puto!”, es lo último que escuchan muchas de las víctimas que han muerto debido a la homofobia.

El pasado 12 de junio, en el Senado de la República, un grupo de legisladores liderados por el tapatío ultraconservador José María Martínez, y apoyado por el senador panista de mayoría relativa, el colimense Jorge Luis Preciado, crearon la Comisión de Familia y Desarrollo Humano, donde Martínez Martínez se manifestó a favor de un único concepto de familia, conformado por un hombre y una mujer unidos en matrimonio, y mostrándose en contra de las homoparentales. En su discurso, el legislador dijo: “Podemos salir y defender nuestros valores y el concepto familiar de la unión de un hombre y una mujer para la perpetuidad de la especie (…) tenemos que cerrar la puerta ya a algunas entidades o algunos políticos que están pensando más en modas o en tendencias”. (El senador Preciado Rodríguez, a su vez, se refirió a las mujeres como vehículos, pero por motivos de espacio, sólo aludiré al ataque contra la diversidad sexual.)

Aun cuando la creación de esta comisión causó la inmediata indignación de grupos defensores de los derechos humanos, feministas y de la comunidad LGBTTTIQ, es preocupante que en el Senado sucedan este tipo de cuestiones y que se tenga que luchar para detenerlas, mientras mexicanas y mexicanos ponen más energía en defender su derecho a gritarle “puto” al portero contrario, que en cuidar que el odio manifestado a grupos minoritarios sea algo tan detestable, que ningún legislador o representante popular se atreviera a utilizarlo como carta electoral.

El hecho de que la homofobia sea aceptada e incluso defendida como un derecho a la libertad de expresión abre la puerta para que se cometan actos donde gente real, con garantías, que tiene el mismo nivel de ciudadanía que el resto y que también paga impuestos sea atacada, despojada de sus prerrogativas básicas y se ponga en riesgo su integridad física desde la institución que debería legislar para defenderles.

Por eso ya no me causa gracia cuando la afición, perfectamente coordinada, agita la mano y le grita “¡eeeeehhh, puuuto!” al portero contrario, porque no puedo permitir que sea la risa el medio por el cual se normalice en mí el odio hacia otro ser humano.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 23 de junio de 2014.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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