Cuidarnos mutuamente


HACE poco salí con un grupo de amigas que no solemos coincidir mucho, y en la plática para ponernos al corriente de nuestras vidas, surgió que recientemente tres de ellas habían sido víctimas de la inseguridad.

En los últimos 3 meses las robaron a las tres; una, la semana pasada, todavía estaba intentando resolver el problema financiero y legal que esto le propició. Como es común, al haberse enfrentado a una situación similar, comenzaron a describir su experiencia, y al hacerlo, nos dimos cuenta de que habían sido asaltadas de forma parecida, y muy probablemente por la misma persona.

Mis amigas son empresarias y tienen sus negocios propios ubicados en avenidas concurridas de la ciudad, los cuales, en ocasiones y en determinadas horas, los atienden ellas solas, momento en que la maleante aprovechó para delinquir.
Se trata de una mujer de aproximadamente 40 años, estatura baja, complexión gruesa, tez morena y cabello lacio, negro, con luces de color cobrizo, el cual, dijeron, traía sujeto en una coleta. Contaron que su modo de operar es entrar al comercio (que probablemente ya estudió con anterioridad), y preguntar sobre los servicios o productos que ofrecen, mostrándose generalmente interesada por hacer grandes compras, y en algunos casos incluso adquiriendo cosas fáciles de transportar. En cierto momento, cuando cree haber convencido de ser una cliente fuerte, pide que se le enseñe algo que no se encuentre cerca del mostrador, haciendo que la dependienta se distraiga de sus objetos personales, instante en el que rápidamente sustrae la cartera de sus bolsos y después, con cualquier excusa, se retira, prometiendo volver por los artículos que supuestamente le interesaron.

A partir de ahí comienza una carrera contra el tiempo. La mujer utiliza las tarjetas robadas, comprando todo tipo de objetos en diferentes tiendas departamentales de Colima, hasta que las mismas llegan a su tope de crédito, o bien ya habían sido reportadas.

Afortunadamente, mis amigas contaban con un seguro que las protegía en caso de un robo, por lo que el banco les reintegrará la cantidad hurtada, menos un porcentaje del deducible, pero aun así, no hay forma de que puedan recuperar el dinero que cargaban en efectivo, así como el tiempo requerido para ir a presentar la denuncia correspondiente.

Esta delincuente, al parecer, tiende a operar en negocios relativamente pequeños, que son manejados por mujeres solas. Una de mis amigas, al presentar su denuncia, se enteró de que ya existían otras nueve con la misma relación de hechos, donde la descripción física de la perpetradora era similar a la de la mujer que la había robado. En todas ellas, el objetivo siempre fue la cartera de las víctimas.

Sin embargo, el problema no se limita solamente a la sustracción de la cartera. En el momento en que cualquier persona adquiere una tarjeta de crédito, ya sea departamental, o de algún banco, se le piden sus datos y que firme la misma en la parte de atrás. Esto es con la finalidad de que al efectuar la compra exista una forma de constatar que quien la realiza sea la propietaria de la tarjeta, lo cual no ocurrió en ninguno de los casos anteriores, puesto que la ladrona pudo adquirir la mercancía sin ser descubierta, lo cual hubiera sido sencillo de habérsele pedido su identificación al presentar el plástico.

Lo anterior sugiere una falta de atención por parte de los establecimientos que aceptan tarjetas, quienes debieran interesarse por proteger, tanto la integridad de sus clientes, como su mismo prestigio, pues con esta acción están demostrando un desprecio por la legalidad y las normas que les obligan a corroborar que la identidad del comprador coincida con la del plástico exhibido. Vivimos tiempos difíciles, donde la delincuencia y la inseguridad han escalado a niveles alarmantes; una forma de aportar nuestro granito de arena para combatirlas es cuidándonos mutuamente; asegurarse que nuestras ventas se realicen de forma legítima es una manera de hacerlo.

ADDÉNDUM

Otra situación que llamó la atención la semana pasada fue que se reveló, gracias a una fotografía aportada por la señora Norma Gutiérrez, colaboradora de Diario de Colima, a dos niños sentados afuera de un conocido negocio de apuestas de esta ciudad, quienes, sin vigilancia alguna, esperaban pacientemente a que sus progenitores salieran por ellos.

Esto, al parecer, es una visión recurrente para quienes frecuentan la plaza comercial donde se encuentra dicho establecimiento. Niños o niñas pequeñas, esperando por horas a que sus padres o madres salgan del sitio de juego, a veces hasta altas horas de la noche, sin supervisión y sin poder dormir o cenar adecuadamente. Si bien es evidente la irresponsabilidad de sus tutores, lo que llama la atención es la falta de interés de las autoridades por proteger los derechos de los infantes. ¿Dónde están el DIF Municipal y el Estatal? ¿Cómo es posible que este fenómeno sea ampliamente comentado por las personas que acuden a dicho centro comercial, pero no sea del conocimiento de las autoridades? Esperamos su respuesta.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 20 de enero de 2014

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s