Campaña naranja


EN alguna ocasión durante una conferencia, la ponente indicó a la audiencia que levantaran la mano aquellas mujeres u hombres que jamás hubieran experimentado o atestiguado violencia de género. Para mi sorpresa, un buen porcentaje de la concurrencia levantó el brazo, muchas de las cuales eran mujeres, lo cual me resultaba insólito dada la cultura en la que vivimos.

Posteriormente, la conferenciante explicó el significado de la violencia contra las mujeres, describiendo diferentes escenarios en los cuales puede acontecer, según sus diferentes acepciones. Cuando terminó su ponencia, volvió a hacer la misma petición al auditorio, recibiendo esta vez una ausencia de brazos levantados.

Personalmente, también he hablado con mujeres que aseguran jamás haber sido víctimas o testigas de la violencia de género, quienes en realidad han naturalizado estos actos al grado de no ser capaces de percibirlos, lo que me hace darme cuenta de que hay un vasto desconocimiento sobre el significado del término, provocando que muchos hombres y mujeres estén propiciando o padeciendo esta situación sin ser conscientes de ello.

Los roles de género que nuestra sociedad ha asumido históricamente vienen aparejados a un desequilibrio en el manejo del poder, en donde un sexo, el femenino, ha quedado supeditado al otro, el masculino, creando con ello situaciones de desigualdad que limitan el goce pleno de los derechos de las mujeres, a pesar de que legalmente sean los mismos que los de los hombres.

Precisamente para llamar la atención sobre este tema es que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, mediante la resolución 54/134, instauró el 25 de noviembre como el Día Internacional por la No Violencia contra las Mujeres, la cual se escogió para conmemorar el asesinato de las hermanas Mirabal, también llamadas las Mariposas, quienes fueron ultimadas en la República Dominicana por orden del dictador Rafael Trujillo, en 1960.

La ONU define la violencia contra las mujeres de acuerdo al artículo primero de la Declaración Sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.

Así pues, la violencia contra las mujeres tiene diversas caras, muchas de las cuales se esconden tras la cultura en la que vivimos, donde actos claramente desiguales se asumen como naturales, resultando en que la discriminación que de ellos surge se invisibilice. Un claro ejemplo está en el juicio moral que hacemos de la vida sexual de la gente, en donde no se califica de la misma manera a un hombre sexualmente activo que a una mujer; tal vez a él se le llame cabrón, con una sonrisa condescendiente en los labios, mientras a ella se le califique como puta o piruja, con el entrecejo fruncido, sin que en ningún momento nos percatemos de que estamos cometiendo violencia de género.

De la misma forma, quizás muchas mujeres se hayan sentido incómodas bajo los piropos subidos de tono de algún grupo de hombres, sin considerar que esto constituye un acto violento; o muchas vean como natural el que, al llegar a casa del trabajo, él se dirija automáticamente a sentarse frente al televisor, mientras ella revisa las tareas de sus hijos, se asegura de que se encuentre lista la cena y que la casa esté limpia y en orden. Segura estoy que muchas creen que sienten la necesidad de llevarlo a cabo por convicción propia, pero no contemplan la posibilidad de que están socializadas para asimilarlo así, realizando una doble jornada sin remuneración económica, mientras ellos no se consideran compelidos a hacerlo.
En el mundo, hasta un 71 por ciento de mujeres de 15 a 49 años han declarado haber experimentado algún tipo de violencia durante su vida, según datos de la Organización Mundial de la Salud, la cual refiere que esto constituye un problema de salud pública. En México, de acuerdo a cifras de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2011, 46.1 por ciento de las mujeres entrevistadas afirmaron haber sufrido algún tipo de violencia por parte de sus parejas; el 42.4 por ciento, agresiones emocionales; el 24.5 por ciento, violencia económica; el 7.3 por ciento, violencia sexual, y el 13.5 por ciento indicó haber recibido violencia física.
Como parte de la estrategia para disminuir esa situación, la ONU está organizando la campaña naranja, “Únete para poner fin a la violencia contra las mujeres”, la cual consiste en proclamar el 25 de cada mes como un Día Naranja, y así sensibilizar a la población sobre la violencia que se ejerce diariamente contra niñas y mujeres, durante todo el año, en lugar de sólo una fecha de éste. De esta forma, la ONU, a cuya campaña se ha unido ya Inmujeres, invita a crear conciencia sobre este fenómeno social usando el color naranja los días 25 de cada mes, y utilizando el listón naranja a partir del 25 de noviembre y hasta el 10 de diciembre.

Espero que esta campaña sea aprovechada por nuestras autoridades, locales y federales, para que informen a la ciudadanía sobre las acciones que están realizando para disminuir los actos violentos contra mujeres y niñas, así como para sensibilizar a sus departamentos para que ejerzan sus funciones con perspectiva de género. A final de cuentas, las mujeres conformamos al menos el 50 por ciento de la población mexicana, ¿por qué no habríamos de aspirar a convivir en paz?

Esta columna fue publicada el 25 de noviembre de 2013 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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