Aún no se acaba


DESDE el sábado por la mañana, en todo el país no se habla más que de la detención de Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, conocido internacionalmente como El Chapo Guzmán, quien es posiblemente el narcotraficante más importante y escurridizo de la historia moderna.

Su captura se dio a conocer en todos los medios de comunicación casi al instante, desde que era sólo un rumor, hasta que se confirmó oficialmente, despertando un sinfín de opiniones y comentarios, tanto en vivo como en las redes sociales.

Me llamó particularmente la atención que una gran cantidad de personas se negaba a creer que el hombre detenido en el condominio Miramar, en Mazatlán, Sinaloa, fuera El Chapo. Más allá de las viñetas gráficas comparando al hombre con Mario Bros, o con el personaje de Nacho Libre de Joe Black, había mucha gente que no veía el parecido del presentado con la serie de fotos que le fueron tomadas a Joaquín Guzmán cuando estaba en prisión.

La confusión me parece entendible, pues las imágenes anteriores de El Chapo datan de hace 13 años, en las cuales, además, posa sin bigote y con el cabello corto, mojado y hacia el frente, muy diferente del individuo que mostraron el sábado, que luce el cabello seco, más largo y con vello facial. Sin embargo, a pesar de las diferencias observadas, estas no indican que se trate de una persona distinta, cuya identidad se encuentra plenamente confirmada.

Pero además de lo señalado, la resistencia de la ciudadanía a aceptarlo se puede deber también a la falta de confianza que existe hacia las autoridades mexicanas, de quienes se duda por el alto nivel de corrupción que la gente percibe de ellas, y la complicidad que supone tienen con el narcotráfico, lo que ha orillado a que, en algunos lugares, la población se haya rebelado en contra del poder constituido para asumir la defensa de sus familias del acoso de la delincuencia organizada, tras el fracaso o la indolencia de sus gobernantes.

Considero que la detención de El Chapo es definitivamente una buena noticia y constituye un logro importante para la administración federal de Enrique Peña Nieto, quien se apunta un buen tanto justo en un momento en que su popularidad había bajado a niveles preocupantes, debido a las controversiales reformas constitucionales, al aumento de los secuestros y a los brotes de violencia e ingobernabilidad en algunos lugares del país. Pero eso no significa que este hecho vaya a ganarle la credibilidad que ha ido perdiendo.

Si bien la caída de Joaquín Guzmán es un duro golpe al narcotráfico, el gobierno mexicano está muy lejos de resolver el problema con su captura, pues por más inteligente que este hombre pueda ser, no hubiera podido levantar el imperio que formó de no haber estado infiltradas las corporaciones de seguridad pública, e incluso sin haber contado con la complicidad de algunos funcionarios o funcionarias del Estado. Creer que meter a El Chapo Guzmán a la cárcel significa el fin de la delincuencia organizada sería pecar de ingenuidad.

Es claro que al tener a Guzmán Loera en sus manos, las autoridades cuentan con una fuente inmensa de información, que les podría indicar cómo operaba su banda criminal, quiénes formaban parte de ella, así como dónde pudieran encontrarlos, pero también es lógico pensar que este personaje no va a soltarla sin antes haber negociado un buen trato para sí mismo y los suyos.

El siguiente paso del gobierno federal debe ser el de ampliar la investigación para determinar qué actores públicos estaban en la nómina del capo y detenerlos, así como implementar una estrategia que prevenga la reacción del crimen organizado ante la aprehensión de este individuo, que evite un incremento en la violencia, derivada bien de una venganza por su captura, o de un intento por tomar la plaza vacante. Fue una excelente movida del régimen federal de Peña Nieto, pero es el peor momento para dormirse en sus laureles.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 24 de febrero de 2014

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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