¿Aún es necesario el feminismo?


CADA año, cuando nos acercamos al 8 de marzo, me hago la pregunta sobre si el feminismo aún es necesario en la sociedad en la que vivimos. Es decir, las mujeres ya accedimos al sufragio, incluso ya somos votadas, vamos a trabajar y podemos elegir nuestra pareja sexual o sentimental aun sin llegar al matrimonio; somos académicas, políticas, periodistas, economistas, mercadólogas, etcétera; podemos mantenernos a nosotras mismas, sin necesidad de un marido-proveedor, y salir a la calle a divertirnos volviendo a altas horas de la noche sin ser cuestionadas o violentadas. Entonces ya lo logramos, ¿no?

La verdad es que no. Es cierto que actualmente gozamos de muchas más libertades que no tuvieron nuestras madres, y ni qué decir de nuestras abuelas, pero en el recuento de los daños todavía estamos en números rojos, pues si bien las mujeres participamos activamente en la sociedad, seguimos sin encajar plenamente en ésta, ya que no la hemos moldeado para que se adapte a nuestras necesidades, además de las de los hombres.

Es verdad que ya accedimos al sufragio y somos buenas votando e incluso operando políticamente en las bases durante las campañas electorales, o fungiendo como representantes de barrio, movilizando a la gente para los discursos políticos, o para salir a sufragar, pero no estamos siendo votadas en cantidades suficientes. A pesar de que hay mujeres en abundancia en la militancia de los partidos políticos, éstas no surgen como candidatas para buscar un cargo de representación popular, lo que deja subrepresentado al género femenino en las Legislaturas.

Ahora, ¿es esto culpa de los hombres? En parte sí, y en otra lo es de las mismas mujeres, pues mientras ellos siguen siendo quienes toman las decisiones en las cúpulas partidistas, ellas no se están empoderando lo suficiente como para reclamar sus espacios; y la decisión sobre si participan o no, no sólo está condicionada al dedo del dirigente del partido, sino al tiempo que les quede libre después de atender a sus familias, si es que tienen una, o del permiso de sus esposos, sus padres y, en algunos casos, hasta de sus hijos.

El resultado es que el sector femenino no está llegando a los puestos de poder desde donde podría operar un cambio en la cultura que nos rige, que les permitiría a más mujeres acceder a los mismos, enredándonos en un círculo vicioso que no nos deja salir de la medianía, pero sobre todo, de un modelo de sociedad patriarcal que sigue privilegiando lo masculino sobre lo femenino, aun cuando en el discurso no se manifieste de esa manera.

Este sistema, en sus requerimientos de éxito, exige a las mujeres competir bajo las mismas reglas con las que luchan los hombres, para demostrar que ellas tienen la misma capacidad que ellos para ocupar puestos de mando. Lo anterior –pasando por alto que la capacidad se cuestiona más en las mujeres que en los hombres– no implica que se compita en igualdad de circunstancias, pues el contexto de vida entre ambos sexos es muy diferente. Los hombres están socializados para ser los proveedores del hogar, mientras que las mujeres lo están para ser las cuidadoras del mismo, así como de los integrantes de la familia –nuclear y extendida–, por lo que sus prioridades recaen en su casa antes que en el trabajo, mientras que en los hombres funciona a la inversa. Ellos sienten menos culpa que ellas al ausentarse durante más tiempo de la vida de sus hijos, quienes además se responsabilizan a sí mismas si éstos no están debidamente atendidos, o si no se realizan las tareas del hogar, cuando la obligación debiera de recaer en ambos cónyuges por igual.

Para una mujer, poder tener éxito en su carrera implica ausentarse de la vida de su familia, o posponer la maternidad para una etapa más avanzada de su existencia, cuando biológicamente sería más difícil acceder a ella. Académicamente, para las mujeres es mucho más complicado ingresar a la educación superior cuando tienen hijos. En el caso de que tanto ella como su esposo sean académicos, generalmente es la carrera del marido a la que se le da prioridad, encargándose ella del cuidado de la descendencia de ambos, dejando los estudios en un segundo plano, ya que los requerimientos que piden las universidades del país (no tengo datos de todas, pero sé que es así al menos en la UNAM y en la Universidad de Colima) hacen prácticamente imposible que una mujer con hijos pueda cumplir con ese nivel de exigencia, lográndolo tan sólo una minoría de supermujeres, que se convierten en la excepción de una regla diseñada para un entorno masculino que no ha tenido que lidiar con ambas responsabilidades a la vez.

La realidad es que las mujeres hemos tenido que introducirnos y ganar espacios en un ambiente construido por y para hombres, donde nuestra feminidad obra en nuestra contra, constituyendo una desventaja insalvable. Es por ello que muchas mujeres optan por masculinizarse, para afianzarse, despreciando ellas mismas lo femenino y considerando como competencia a otras mujeres. ¡Hay tan pocas en puestos de poder!, sobre todo cuando su presencia se debe a un sistema de cuotas. Pero esto no indica que las mujeres seamos “las peores enemigas de otras mujeres”, sino que ese esquema nos ha puesto a pelear contra nosotras mismas, distrayéndonos de combatir a la verdadera rival, que es la mentalidad patriarcal dominante, esa que insiste en defender el valor de la familia, pero que no permite a los hombres, ni a las mujeres, pasar tiempo de calidad con sus hijos e hijas, sino que premia con ascensos o incrementos de sueldo a quienes estén más dispuestos a sacrificar su tiempo libre por su trabajo.

Es también esta mentalidad la que considera que el lugar de una mujer es en el hogar, y prefiere no contratarla porque en cualquier momento volverá al mismo, ya sea a cuidar a su familia, o por orden de su marido. Es la misma forma de pensar que asume que una mujer que lleva ropa escasa está pidiendo a gritos ser violada; es la misma que justifica una relación sexual entre un hombre adulto y una niña de 14 años; la que escatima el valor de una mujer en relación al número de parejas sexuales que ha tenido; la que asume que una mujer caminando por la calle a altas horas de la noche es una prostituta o podría serlo; la que cree que una trabajadora sexual no tiene derechos; la que insiste en reducir a las mujeres a objetos, en lugar de vernos como personas, y a insistir en un solo modelo de masculinidad.

Por eso concluyo que aún necesitamos el feminismo, porque este movimiento pretende modificar los valores para que tanto hombres como mujeres puedan acceder a los mismos derechos, para que dejemos esa obsesión por normar la sexualidad y construir barreras y obligaciones alrededor de uno u otro sexo, que nos impiden ver a la persona tras de ellos, y a los derechos humanos que vienen aparejados con ella.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 10 de marzo de 2014

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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