Un Motivo de Esperanza


El Vaticano es una Ciudad-Estado curiosa. A pesar de ser un enclave autónomo en Italia con una superficie de apenas 44 hectáreas y una población de aproximadamente 900 habitantes, cuenta con muchas más representaciones foráneas que cualquier otro país en el mundo. Si fuéramos a obviar la fe católica, y a observar a El Vaticano tan sólo como una nación extranjera, llegaríamos a la conclusión de que este microestado es, con seguridad, el que mayor número de diplomáticos tiene en México, con alrededor de 21 mil sacerdotes católicos, según el Censo 2010, el cual también nos permite saber que, a pesar de que la cifra de mexicanos y mexicanas que se presentan como católicos ha bajado en los últimos años, esta religión aún es la dominante, con el 84 por ciento de seguidores, los cuales se localizan sobre todo en la parte del centro y en El Bajío del país.

Por lo anterior es por lo que las decisiones que se tomen en dicho Estado, así como las políticas que establezca su representante, es decir, el Papa, resultan importantes más allá de sus fronteras, ya que la ideología que se imparte a través del catolicismo interfiere, en muchas ocasiones, con las políticas públicas de las naciones en donde abundan sus seguidores, como es el caso de México, país de una sólida herencia católica, tanto, que incluso denomina oficialmente esta semana que se inicia como Santa y la siguiente como de Pascua.

Sin embargo, a pesar de que este credo se ha afianzado en la gente por ser un conductor moral, su doctrina no siempre va de la mano del respeto a los Derechos Humanos, por lo que sus defensores observaban con atención –aunque poca esperanza– la designación del sucesor 266 de San Pedro, después de la abdicación de Benedicto XVI.

El presente Pontífice, a pesar del pasado negro que lo persigue, ha resultado ser sorprendente a los ojos del mundo. Es notablemente humilde; ha rechazado los grandes privilegios a los que tiene acceso todo obispo de Roma, como el papamóvil blindado, o el séquito de guardaespaldas que lo acompañan; e incluso ha hecho algunas modificaciones en su vestimenta, así como en el trono papal, el cual cambió por un modesto sillón blanco en lugar de la ostentosa silla dorada que usaran su predecesores.

Pero si bien estos cambios pudieran ser interpretados sencillamente como de personalidad o de imagen, que en nada repercuten más allá de las paredes de El Vaticano, la acción que ha llamado más la atención ha sido la de la expulsión de Bernard Law de la Basílica de Santa María la Mayor, donde residía desde que en 2002 cambió su domicilio de Boston a Roma, para supuestamente evitar comparecer ante los tribunales estadounidenses como protector de unos 250 curas acusados de pederastia.

Los casos de abusos a menores por parte de los sacerdotes constituyen la crisis más fuerte que ha enfrentado la Iglesia Católica en el mundo, donde los niños y niñas ultrajadas han sido, en la mayoría de las ocasiones, ignoradas por las autoridades eclesiásticas, así como por las oficiales, que muchas veces prefirieron hacerse de la vista gorda, en lugar de enfrentarse a este poder fáctico. En México todavía está fresco el recuerdo del padre Marcial Maciel, donde sus víctimas fueron desoídas por la justicia y juzgadas negativamente por la opinión pública, en una vergonzosa revictimización que no va de la mano con lo que predica la doctrina cristiana.
Incluso Juan Pablo II, uno de los Papas más amados de la historia reciente, carga con el estigma de haber protegido, tanto al mexicano Maciel Degollado –a quien Benedicto XVI desenmascaró como pederasta–, como a Law, a quien en 2004 nombró arcipreste de la mencionada Basílica, a pesar de las acusaciones que había en su contra, lo que lanzó un frustrante mensaje de impunidad empañado de falsa santidad. Es por esto que la reacción del nuevo Pontífice haya resultado esperanzadora, pues parece contrarrestar dicho mensaje con otro, donde entre líneas puede leerse que no se tolerarán más casos de presbíteros acusados de pederastia. Norberto Rivera debería de poner sus barbas a remojar.

Por supuesto que los cambios llegan hasta aquí. Los antecedentes de Jorge Mario Bergoglio no alientan a los defensores de los Derechos Humanos a creer que como Papa abogará por la inclusión de las mujeres en las filas sacerdotales, o que respetará las garantías civiles de las minorías sexuales –lo cual sería una gran ayuda para disminuir los discursos de odio que hasta la fecha hacen una apología de la discriminación–, pero la posibilidad de que los curas que abusen sexualmente de menores ya no sean protegidos por las autoridades eclesiásticas, y por lo tanto las oficiales del país en cuestión puedan obrar sin enemistarse forzosamente con El Vaticano, es en sí mismo un motivo de esperanza.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 25 de marzo de 2013

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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