Privilegiar el Diálogo


Catalogar lo que ocurrió el pasado viernes, cuando la Policía Federal desalojó el Zócalo de la Ciudad de México, como un acto necesario e inevitable, sería dejar de lado un serio análisis sobre las razones por las cuales se llegó a este punto, las que, en su mayoría, se remontan a vicios del sistema originado muchos años atrás, aunadas a una falta de previsión política más reciente. Sería un error también suponer que ese fue el fin del problema.

Una forma como el Gobierno del México postrevolucionario, sangrado por la lucha de poder de sus caudillos y marcadas diferencias sociales, consiguió fortalecerse fue mediante la creación de una sociedad corporativista. Es decir, mediante la conformación de organismos que integraban a campesinos, trabajadores y empresarios del mismo ramo, bajo una fuerte intervención del Estado. De esta forma, siguiendo el modelo creado por Benito Mussolini en la Segunda Guerra Mundial, se consolidaron sindicatos, organizaciones, confederaciones, etc., que cumplían el doble propósito de dar voz a sus peticiones, a la vez que fortalecían al propio sistema de Gobierno. Las agrupaciones formadas al margen de las apoyadas por el Estado eran ignoradas, hasta que sus integrantes migraban a aquéllas donde pudieran apoyar sus propuestas, conllevando la disolución de las mismas.

Este fue un ingrediente esencial para que el sistema corporativista funcionara y así centralizara el control del país en el Presidente, lo cual garantizaba la permanencia del partido oficial en el poder, ya que campesinos y trabajadores de distintos ramos se vieron obligados a engrosar las filas de estas formaciones para conseguir la solución a sus demandas, con la condición tácita yexplícita de apoyar al partido de Estado.

Los dirigentes de dichas organizaciones funcionaban como mecanismos de control entre sus agremiados, neutralizando los elementos conflictivos, a la vez que llevaban sus peticiones para que fueran resueltas. De más está decir que estos líderes podían llegar a acumular una fuerza enorme, al encontrarse concentrada en ellos la representación sindical, por lo que era esencial que también éstos fueran controlados.

Durante la hegemonía priista, este control se mantuvo, y el rígido sistema cumplió su propósito. Pero con el cambio de milenio y de partido en la Presidencia, los dirigentes gremiales tuvieron una probadita del poder que contenía su cargo, entendiendo que su influencia podía constituir una moneda de cambio con la cual negociar, lo que pondría en serios aprietos al Ejecutivo, si no lograba recuperar el control de los mismos.

Con el retorno del PRI a Los Pinos, volvió también la vieja costumbre de mantener una férrea mano sobre los líderes sindicales, para garantizar que sus agremiados apoyen las decisiones tomadas por el Presidente. Sin embargo, para lograrlo, primero debía de retomar su dominancia sobre sus dirigentes, lo cual no era una tarea sencilla cuando éstos habían paladeado ya la independencia y experimentado el poder que supone la concentración de las masas. A Elba Esther Gordillo Morales, ex lideresa del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, por ejemplo, ya no pudo controlarla, por lo que se vio en la necesidad de levantarle cargos (algo que se debió haber hecho desde hacía mucho tiempo), para colocar en su lugar a alguien que recordara las costumbres del viejo régimen.

Pero Enrique Peña Nieto cometió el error de creer que el someter a Elba Esther Gordillo y poner un dirigente a modo le iban a garantizar el apoyo de los maestros para su reforma educativa. Se olvidó, o minimizó, la fuerza que constituía la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, sindicato disidente del SNTE, creado en el sur del país en 1979, que con excepción del apoyo que el anterior daba al Estado reproducía la misma estructura –y vicios– que su hermano mayor. No entiendo entonces por qué Peña Nieto no intentó negociar con ellos, para llevar su enmienda educativa al Congreso ya con un consenso, evitando así la inconformidad de los profesores. No haberlo hecho me parece que fue un gran error político.

Aunado a lo anterior, hubiera encontrado lógico que en la reforma educativa se incluyera al magisterio. Que se trabajara a su lado para de esa forma tomar en cuenta su experiencia y puntos de vista, los cuales, considero, son muy diversos, pues es imposible que personas que viven en un ambiente rural tengan las mismas necesidades que las que habitan en la urbe, así como también dudo que personas que jamás se han desempeñado en la impartición de la educación puedan tener la misma perspectiva de quienes toda su vida se han dedicado a ello.
Por otro lado, y aunque guardo mis reservas sobre lo que muestran y difunden los medios de comunicación masiva nacionales, con la intención de mantener la objetividad, difiero de la forma en cómo las y los maestros han venido manejando este asunto. Si bien no se imparten clases sobre resistencia civil y movimientos no violentos (aunque hay abundante bibliografía al respecto), la clave de los mismos es la de lograr el apoyo popular, lo que difícilmente van a obtener las y los profesores al bloquear calles y avenidas, convirtiendo en un infierno la vida de los habitantes del DF.

Aunque por el momento la plancha del Zócalo está desocupada y lista para el desfile militar de hoy, el conflicto con el magisterio está lejos de terminarse, sobre todo cuando el desalojo por parte de la Policía Federal ha despertado el enojo y movilizaciones en distintas partes del país, donde diferentes grupos sociales ya se sentían vulnerados por las otras reformas presentadas por el Ejecutivo. Si bien el despliegue de fuerzas del 13 de septiembre pasado no desembocó en una tragedia, las tanquetas en una plaza pública del DF nos recordaron demasiado a la matanza de Tlatelolco y a ese PRI autoritario y cerrado al diálogo de Díaz Ordaz.

Peña Nieto apenas va por su primer año de administración, y no era conveniente para él no dar el Grito de Independencia en la Plaza de la Constitución; se habría debilitado demasiado. Políticamente, no le quedaba otra opción más que la movilización, pero es importante que el joven Presidente comience a privilegiar el diálogo antes que la fuerza, si no desea que su Gobierno se vea marcado por otro momento lamentable como el de hace casi 45 años en la Plaza de las Tres Culturas.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 16 de septiembre de 2013.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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