Más allá del Día del Padre


En la víspera del festejo por el Día del Padre, una amiga me hizo reflexionar sobre este tema en cuatro palabras, cuando mencionó que “hay madres bien padres”. Posteriormente, comencé a leer comentarios en las redes sociales de amistades que agradecían a su madre por haber sido también su padre, así como de mujeres que acudían ellas mismas a las celebraciones escolares por motivos de esta fecha, ya que, por diversas causas, sus hijos no contaban con esta figura en casa, lo que me llevó a la pregunta: ¿Qué significa ser padre?

En México, el Día del Padre aún se celebra más como una tradición que como una oportunidad para reflexionar sobre lo que representa la paternidad. Si bien esta fecha está dedicada a visibilizar y fortalecer el hecho de ser padre, es poco el discurso que se le dedica al mismo, fuera de la publicidad y la mercadotecnia destinadas a festejar a nuestros progenitores masculinos.

Tradicionalmente, al padre se le sigue identificando como a una figura de autoridad, cuya responsabilidad principal es la de la manutención y destino de su familia, sin que se le considere como el directamente encargado de la educación y convivencia con sus hijos e hijas, labor que se atribuye típicamente a la madre, lo que va de la mano con la masculinidad hegemónica que prevalece en México.

El problema con la masculinidad hegemónica es que enfoca el valor de lo masculino en concepciones que impiden que los hombres exploren opciones diferentes sin que enfrenten el riesgo a ser discriminados por ello. Entre estos prejuicios está el de las actividades domésticas, atribuidas a los valores femeninos, que es en donde principalmente se manifiesta la convivencia con sus vástagos.

Según datos derivados de la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2009, sólo el 20.4 por ciento de los padres que viven con sus hijos e hijas se encarga del cuidado de menores de 6 años, dedicándoles solamente 5.6 horas a la semana. Datos que se incrementan a 36.1 por ciento en menores de 15 años, en cuyo caso invierten alrededor de 12 horas semanales. Lo anterior sugiere que los hombres que son padres de familia continúan creyendo que la atención de sus hijos e hijas sigue siendo una tarea propia de la madre, sobre todo durante los primeros años, lo que inevitablemente influye tanto en el vínculo entre el papá y su progenie, como en la reproducción de estos roles por la misma.

Otro problema que origina la concepción mexicana de la masculinidad es la de la paternidad responsable, ya que al considerarse que los hijos y las hijas pertenecen principalmente a las madres, se relega la anticoncepción a ellas, lo que, aunado a las deficiencias en la educación sexual, se traduce en un incremento de embarazos no deseados, así como de madres solteras.

Un estudio realizado por la Cámara de Diputados desveló que en México existen alrededor de 4.5 millones de madres solteras, separadas o viudas, quienes se convierten en cabeza de familia y se ven forzadas a realizar ambos roles para sacar adelante a su prosapia, enfrentando la discriminación de la sociedad e instituciones, la cual aumenta en mujeres adolescentes.

La disgregación en los roles entre lo masculino y lo femenino hace que en los días dedicados al padre o la madre se omita a aquellos hombres y mujeres que, por accidente o decisión, efectúan ambas labores, siendo ellas las que más sufren de esta discriminación al seguirse considerando socialmente impropio que una mujer esté al frente de su familia sin un hombre a su lado.

La construcción social de la figura paterna, por tanto, se ha concentrado en la idea de la jefatura de la familia, de aquella persona que ejerce la autoridad en la misma y toma las decisiones que envolverán a sus integrantes, sin que se tome en cuenta que no se requiere pertenecer al sexo masculino para verse involucrado en este papel, habiendo mujeres que lo practican sin que sean consideradas por ello, lo que desemboca en una situación de discriminación. El mismo razonamiento puede ser utilizado para los hombres que ejercen ambos roles.

Por el contrario, es poco o nada el discurso que se maneja en este día para fortalecer las políticas públicas que orienten a los hombres a una situación de equidad, en donde se originen y establezcan leyes para que ellos también puedan gozar de los privilegios, así como de las obligaciones, que actualmente son ofrecidas e impuestas casi exclusivamente a las mujeres; como una licencia por paternidad similar a la de maternidad, que sean considerados de igual forma en los juicios de custodia, o una ley de paternidad responsable que imponga responsabilidades a la persona que se determine, por un examen gratuito de ADN, que es el padre de un niño o niña.

También encuentro conveniente que se empleen recursos para informar y sensibilizar a la ciudadanía mexicana sobre la convivencia familiar, la cual debe de estar libre de estereotipos, tanto para evitar que el padre se convierta en una figura ausente, autoritaria o se le vea meramente como a un proveedor, como para establecer conductas equitativas dentro del hogar, donde se comparta el poder de forma igualitaria, las cuales, idealmente, serán reproducidas por los hijos e hijas mediante su ejemplo.

Por lo pronto, me quedo con la reflexión de que la paternidad es mucho más que un accidente genético, que implica forzosamente responsabilidad, cariño y compromiso, que excede los vínculos biológicos y de género, lo que lleva a que en la actualidad existan también “madres bien padres”.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 17 de junio de 2013

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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