Más allá de una Bandera


Ayer se conmemoró en el país el Día de la Bandera, emblema de unificación y conciencia colectiva, que pretende reflejar nuestra identidad como mexicanos, ya que es el resultado de la mezcla de las culturas prehispánicas, mayas, olmecas y nahuatls, y la herencia colonial. Irónicamente, el romanticismo implícito en la mitología que encierra esta enseña nacional, en la práctica, ya no parece suficiente como para comprometer un punto de unión en la ciudadanía.

Desde hace algunos años, encuentro problemas con el nacionalismo. El orgullo de pertenecer a una nación y no a otra se me antoja discriminante, puesto que si me siento orgullosa por ser de tal o cual lugar, implícitamente estoy reconociendo dicho sitio como superior a otros. Este mismo pensamiento fue el que llegó a asegurar que existía algo conocido como “raza aria”, y a matar a más de seis millones de judíos.

Para mí, México representa el lugar en el que nací, donde vive mi familia y la mayoría de mis amigos y amigas, pero el amor que pueda tener a su territorio no es mayor al que me inspiren otros. Me siento igualmente atraída por la Selva Lacandona que por la del Amazonas; siento la misma indignación por la contaminación en las playas de México que por las de Egipto; me aterra de igual manera la destrucción de los manglares de nuestro país que el derretimiento de los casquetes polares. Nunca he entendido cómo una frontera política delimitada en el mapa por una línea imaginaria evitaría, por ejemplo, que la contaminación en China no me afectara, cuando vivimos dentro de una burbuja.

Eso no quiere decir que no disfrute del folclor y algunas tradiciones de estas tierras –otras, estoy convencida, tienen que modificarse–, que no me entretenga horas y horas leyendo las obras de escritores y escritoras mexicanas, que no admire la creación de nuestros artistas inspirados en nuestra historia, o que no desee que la situación en este país mejore. Sencillamente, creo que los símbolos nacionales deben tener a los seres humanos y a la naturaleza como base, y no a un ideal romántico abstracto que coloque al orgullo y al honor por encima del respeto a la dignidad y a la vida del planeta y de los demás. Me parece que necesitamos un punto de cohesión diferente.

Honestamente, ¿cómo podemos honrar al lábaro patrio, cuando ni siquiera conocemos su simbolismo? Sus colores son verde, blanco y rojo, donde el verde representa la esperanza; el blanco, la pureza de nuestros ideales, donde está estampada el águila devorando a la serpiente, que fuera el símbolo de Tenochtitlan, y el rojo, la sangre derramada de nuestros héroes.
Mas ¿cómo podemos hablar de esperanza, cuando la mayoría no se ocupa de lo que pasa en el país, dejando que sean otros los que se encarguen de hacer la diferencia? ¿Cómo, cuando activa o pasivamente, participamos en la corrupción e impunidad que están destruyendo México?

¿Dónde está la pureza de nuestros ideales? ¿Los conocemos? ¿Los tenemos? El himno nacional sugiere: “Antes, Patria, que inermes tus hijos/ bajo el yugo su cuello dobleguen,/ tus campiñas con sangre se rieguen,/ sobre sangre se estampe su pie./ Y tus templos, palacios y torres/ se derrumben con hórrido estruendo,/ y sus ruinas existan diciendo:/ De mil héroes la patria aquí fue”. Si éstos son nuestros ideales, los estamos viviendo, pero deberíamos analizarlos seriamente.
¿Existe una reconciliación entre nuestras raíces indígenas y nuestro mestizaje español? Sería hipócrita siquiera considerarlo, cuando son las comunidades indígenas las que viven en mayor pobreza, las más olvidadas y quienes sufren mayor discriminación en México, originalmente su tierra. Nos gusta presumir sus obras como si fueran nuestras, que es distinto.

Y la sangre derramada de nuestros héroes, ¿quiénes son ellos o ellas?, ¿quiénes pelearon en las batallas oficiales, o podemos incluir a los cientos de personas inocentes que han muerto –y siguen muriendo– en esta última guerra no oficial?
La Bandera mexicana debiera representar un punto de unión para la nación, el reflejo de nuestra identidad, pero actualmente ni siquiera parece ser la insignia más importante para algunos, quienes parecen rendirle culto a los colores de sus organizaciones políticas en primera instancia, dividiendo en esa gama del arcoíris el interés de las y los mexicanos. ¿Dónde está el orgullo de la mexicanidad, entonces, cuando parece más importante ser priista, panista o perredista, cuando el amor a la patria se cataloga en la militancia a tal o cual partido? ¿En dónde queda el orgullo de nuestra nacionalidad, sino en un concepto romántico mal entendido?

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 25 de febrero de 2013, y puede consultarse en el siguiente link:http://www.diariodecolima.com/2013/02/25/sentido-comun-2/

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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