Al Buen Entendedor


La captura de Elba Esther Gordillo me produce sentimientos encontrados. Por un lado, me alegra que se le haya arrestado por los abundantes indicios que había, desde hace tiempo, de que estaba haciendo un mal uso no sólo del dinero de los maestros, sino del poder fáctico que representa el magisterio. Pero por otra parte, me desilusiona pensar que su detención se debió a intereses políticos más que a una intención auténtica de hacer justicia.

Aun cuando en el discurso los grandes sindicatos digan ser autónomos e incansables luchadores de los derechos de los trabajadores, en la realidad sus dirigentes parecen sufrir de un extraño fenómeno de enriquecimiento inexplicable. Sus lujos suelen ser ostentosos, evidentes y cínicos, igual que la miopía de las autoridades, que parecen no querer darse cuenta de ello mientras su relación pueda significar el uso a su favor de ese poder fáctico. Es el sindicalismo charro, herencia del tan cómodo corporativismo que favorece a aquellos que se alinean, pero que al mismo tiempo los utiliza para sus fines de grupo o partido, lo que ha sido la marca del Partido Revolucionario Institucional desde los tiempos de Lázaro Cárdenas.

Sin embargo, no creo que el arresto a Elba Esther represente la intención del PRI de querer romper con ese pasado, de mostrar que se ha renovado y que comprende cómo esos errores han perjudicado a la Nación. Me parece que no es el corporativismo lo que le causa ruido, sino el hecho de ya no podía confiar en Gordillo Morales, quien ya en varias ocasiones anteriores había traicionado al priismo, partido del cual formaba parte, además de que se había venido convirtiendo en una piedrita en el zapato para el gobierno entrante.

A pesar de ello, no creo ni siquiera que hubieran deseado arrestarla, dejaron pasar demasiado tiempo, le mandaron muchos mensajes, directos e indirectos, pero Elba Esther no supo o no quiso verlos, no se dio cuenta de que su poder fáctico perdía fuerza y que había llegado el momento de dimitir o caer. Eligió caer, como una guerrera, tal vez. Me pregunto qué piensa ahora.

Hace poco más de un año y un mes, el Partido Nueva Alianza y el Revolucionario Institucional decidieron ir cada quien por su lado en los comicios de 2012. En una entrevista, Pedro Joaquín Coldwell sostenía que se trataba de una separación amistosa, y que nada tenía que ver con “algunas personalidades”, refiriéndose a Gordillo, pero el hecho de que la ruptura sucediera justo después de que ambos partidos no hubieran podido consensuar respecto a las candidaturas al Senado de Mónica Arriola y Fernando González, hija y yerno de La Maestra, hablaba por sí solo.

El acuerdo fue hecho cuando Humberto Moreira era aún presidente del PRI, pero había despertado demasiadas inconformidades dentro de su partido el que comprometiera senadurías con el Panal, en lugar de recompensar con estas posiciones a su militancia. A pesar de ello, se intentó negociar la unión con el abanderamiento de Elba Esther, por la fuerza que, se consideraba, significaba su influencia, tanto por el Partido Nueva Alianza, como por el propio magisterio.

Por eso sorprendió tanto cuando el 20 de enero de 2012 se anunció la decisión de no ir juntos, tras una semana de negociaciones en donde supuestamente Gordillo Morales no cejó cuando se le pidió que reconsiderara las candidaturas de su hija y su yerno. El rompimiento indicaba una de dos cosas: que el PRI subestimaba la influencia de Elba Esther, o que ésta se sobreestimaba a sí misma. En pocos meses la respuesta fue clara.

El Revolucionario Institucional no necesitó de ella para ganar. Probablemente la alianza con el Panal hubiera permitido establecer un margen más amplio entre Peña Nieto y López Obrador, pero probó no ser indispensable. Ésta debió de haber sido la primera llamada de atención para La Maestra: el partido al que había traicionado dos veces –primero votando a favor de una reforma de Vicente Fox, la segunda creando el Tucom (Todos Unidos Contra Madrazo), lo cual le costó el tercer lugar en los comicios de 2006– había ganado la Presidencia de la República sin ella, e incluso a pesar de ella. La segunda fue la designación de Emilio Chuayffet como secretario de Educación, a quien hace 9 años la lideresa sindical preguntó: “Licenciado, ¿qué epitafio quiere que ponga en su tumba?”*, y quien ahora bien podría regresarle el cuestionamiento diciendo: “¿Pongo entonces en su lápida ‘aquí yace una guerrera’?”, como ella, en una autorreferencia, lo mencionó hace poco.

Hubo muchas otras señales, pero aún así Elba Esther Gordillo no supo ver el peligro en el que se encontraba, y se lanzó contra la reforma educativa, insistiendo en rechazarla e incluso amenazando con usar la fuerza del magisterio, lo que podía significar una insurgencia del sindicato que opacaría el inicio del retorno del PRI a Los Pinos. Su arresto, pues, se hizo necesario. El odio que México le manifestaba por la impúdica pomposidad que había mantenido durante su reinado en el SNTE lo hizo fácil.

Por ello, dudo que esta detención haya tenido la intención de limpiar a México del abuso del charrismo sindical, más bien me parece que cumple con la necesidad de deshacerse de una peligrosa enemiga política, además de mandar un claro mensaje a sus homólogos. Casi, casi puedo escuchar a Peña Nieto preguntarle a Romero Deschamps: “¿Cuento con tu apoyo para la reforma energética?”.

*http://www.jornada.unam.mx/2012/12/01/politica/005n1pol#sthash.S02QqDTx.dpuf

Esta columna fue publicada el 4 de marzo en Diario de Colima, y puede verse en el siguiente link: http://www.diariodecolima.com/2013/03/04/sentido-comun-3/

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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