Violencia Injustificada


Tal vez una de las marchas más recordadas del movimiento del 68 fue la de la Manifestación del Silencio, en donde estudiantes, trabajadores y padres y madres de familia recorrieron las calles de la Ciudad de México, en números que se cuentan desde 180 mil hasta medio millón de personas, según referencias diferentes. Su intención era demostrarle a la gente que, contrario a lo que propagaba el régimen imperante en ese momento y la prensa oficialista, no eran simples agitadores. En su camino repartieron volantes donde podía leerse: “Pueblo mexicano: puedes ver que no somos unos vándalos ni unos rebeldes sin causa, como se nos ha tachado con extraordinaria frecuencia. Puedes darte cuenta de nuestro silencio, un silencio impresionante, un silencio conmovedor, un silencio que expresa nuestro sentimiento y a la vez nuestra indignación”.

Aquella marcha fue un conmovedor acto de resistencia pacífica, en donde la gente de México hacía presente su soberanía en números, mostrándose ante la autoridad opresora de una forma en la cual no podía ser ignorada, ni reprimida. Algunos de los participantes incluso se taparon la boca con cinta adhesiva para evitar contestar a las provocaciones de los y las espectadoras. Hubo intentos de romper el silencio con consignas, pero éste se mantuvo e imperó por encima de quienes infructuosamente llamaban al desorden. Fue tal vez el momento más importante del movimiento, pero también el más peligroso, debido a que le mostraron al gobierno autoritario de Gustavo Díaz Ordaz que constituían una amenaza real, que podían derrocar al sistema.

Menos de un mes después, con la presión de las Olimpiadas presente, el movimiento estudiantil fue terriblemente reprimido en una de las masacres más vergonzantes para México, que irónicamente constituyó el principio del fin del método de gobierno imperante. El 2 de octubre de 1968, cientos de estudiantes fueron acribillados en un fuego cruzado entre militares y el supuesto batallón Olimpia, un grupo paramilitar creado para desestabilizar y deslegitimar a los disidentes. Los días subsecuentes, la prensa apegada al gobierno, que era casi toda, justificó la masacre culpando a los jóvenes de la misma, teoría que durante mucho tiempo fue compartida por las y los ciudadanos de México.

Aún es confuso lo ocurrido el pasado 1 de diciembre, cuando una pequeña rebelión pareció estallar en la Ciudad de México y otras partes del país. Se habló en un principio de actos vandálicos promovidos por el movimiento #YoSoy132 y Morena, aunque después se tuvo información de grupos anarquistas involucrados, e incluso se dijo que algunos de ellos habían recibido 300 pesos para prestarse a cometer ese tipo de acciones, sin que hasta el momento se determine quién o quiénes habían procurado el pago.

Entre las especulaciones, existe la teoría de que quienes cometieron los actos violentos y vandálicos eran infiltrados que tenían la finalidad de deslegitimar al movimiento, para de esa forma validar la violencia que se ejerciera en su contra, algo parecido a lo que ocurrió en el 68, cuando se justificó la masacre de la Plaza de las Tres Culturas, argumentando supuestos disparos que estudiantes habrían hecho contra los militares y policías, esto es, una represión justificada. El problema es que si esta hipótesis de agentes provocadores involucrados es cierta, entonces tuvo éxito al menos en una parte de la ciudadanía, que considera válido que se ejerciera la violencia contra personas que aparentemente sólo tenían el objetivo de destruirlo todo a su paso, en una supuesta resistencia contra la asunción al poder de Enrique Peña Nieto, haciendo a un lado el exceso de las fuerzas de seguridad y las violaciones de Derechos Humanos cometidas, los arrestos arbitrarios y los reportes de tortura, los cuales no pueden, de ninguna manera, ser justificados.

Lo que se expuso el 1 de diciembre no fue sólo la fragilidad de los movimientos sociales, sino la proclividad de las y los mexicanos a justificar la violencia, la incapacidad que existe para identificar los excesos cometidos por las autoridades, lo acostumbrada que está la ciudadanía a tolerar la impunidad, nuestra complacencia con la corrupción que parece desconocer o desestimar la historia.

De ninguna manera justifico el proceder violento, ni por parte de los manifestantes, ni de las fuerzas del orden, ya que estoy convencida de que el alto nivel de violencia por el que atraviesa el país hace urgente que los movimientos sociales se vuelvan pacíficos y organizados, cuyo objetivo sea efectivamente el de una Nación más próspera, igualitaria y equivalente, y no la de una simple transferencia del poder a otra persona.

Asimismo, considero que debe existir y mantenerse la indignación social en contra de los excesos por parte de las autoridades, las cuales tienen que estar entrenadas para contener y mantener la paz pública, no para reprimir agresiva e indiscriminadamente. Debe investigarse a fondo sobre lo ocurrido y castigarse a los responsables, tanto de los actos vandálicos, como de las violaciones por parte de la policía, pero sobre todo, debemos prestar atención al grado de violencia utilizada por las autoridades al momento de contener a los integrantes de los movimientos sociales, de lo contrario, no pasará mucho tiempo para que atestigüemos otra masacre “justificada” como la de hace poco más de 4 décadas.

Esta columna fue publicada el 10 de diciembre de 2012 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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