Un Propósito Más


Ahora que el nuevo año comenzó oficialmente, es el momento de poner en práctica los propósitos que generalmente se hacen para irse cumpliendo a lo largo del año. Los más comunes, como bajar de peso, ahorrar, pagar deudas, dejar de fumar, etc., involucran metas que tendrán como resultado un provecho personal, algo que mejorará de cierta manera nuestra calidad de vida, pero quizás sea también momento de pensar en cómo cada acción y reto personal puede constituir tanto un beneficio individual como para la colectividad. Quizás sea también momento no sólo de salirnos de nuestra cajita de confort, sino de romperla.

Mientras vamos creciendo y construyéndonos como personas, también adquirimos creencias sobre lo que está bien y lo que está mal y las implementamos en la vida cotidiana, lo cual considero que es parte del crecimiento usual de cualquier ser humano. El problema es que los conceptos de bueno o malo, al ser subjetivos, pueden diferir e interferir con la opinión de otra persona y constituir el origen de un conflicto.

Que exista un desacuerdo es inevitable e incluso puede ser un desencadenante de evolución, ya que manejado adecuadamente serviría para satisfacer las necesidades de las partes involucradas, o incluso para resolver algún dilema científico y romper un paradigma. Pero tocado desde la subjetividad de las ideas personales, puede llegar a ser causa de terribles injusticias, algunas de imposible reparación.

Podrá haber motivos de conflicto que deban ser solucionados de acuerdo a alguna normativa, como aquella que previene la paz pública y protege nuestra vida y patrimonio. Un asesinato o una violación no se van a resolver platicando con las partes, ya que para ello existe un ordenamiento jurídico. Pero existen otros, que a pesar de ser pequeños, inciden en nuestra existencia y en la de los demás de alguna manera, mermando nuestra calidad de vida y distanciándonos poco a poco de nuestras amistades y familiares.

Hablo de los pequeños detalles, de los que involucran la forma de ser y de pensar de las personas, que marcan también la individualidad que nos une y al mismo tiempo nos separa. Nuestra forma de hablar, de vestir, de peinarnos, e incluso de vivir, no debería ser motivo de crítica, si esas costumbres no ponen en riesgo los derechos de los demás.

Sin embargo, la cultura en la que crecemos nos hace creer que existe un modo adecuado de ser, una forma preestablecida de vivir, ciertos lineamientos que no se deben transgredir si no queremos ser rechazados por los demás, o encasillados dentro de ciertas categorías negativas, en un juicio perenne que la sociedad –esa entidad superior– impone sobre sus integrantes para poder aceptarlos, y que en lo personal repetimos en nuestro entorno, separándonos, recluyéndonos y limitándonos mutuamente, hasta que tenemos la forma adecuada –o que consideramos adecuada– para encajar en la cajita de lo aceptable. Pero ¿qué está bien y qué está mal? ¿Por qué cierta forma de vestir o de peinarse puede suponer rasgos inaceptables de personalidad? ¿Quién lo dice? Y sobre todo ¿cómo afecta esto a la gente que nos rodea?

Desde hace mucho tiempo que trato de evitar en mi léxico diario los términos de bueno o malo, porque éstos suponen un elemento subjetivo que por lógica imposibilita un razonamiento objetivo, y aunque todavía caigo en ocasiones en juicios de valor, esa sigue siendo mi meta. En su lugar, procuro identificar si determinado acto funciona o no, así como si me corresponde juzgarlo. Habrá cosas de mis semejantes que no me gusten o con las que no esté de acuerdo, pero antes de emitir un juicio negativo, trato de pensar si eso me afecta a mí o a las demás personas; si lo hace, entonces me siento con el derecho a emitir una opinión, e incluso de quejarme en defensa de esa garantía que considero se me está afectando; pero si no lo hace, por más que esté legitimada a disentir, intento no tomar una postura en contra, precisamente para no afectar el derecho de esa persona a ser como desee ser.

Las acciones personales que tomamos como propósito cada inicio de año nos sirven para construirnos como mejores individuos, pero si incluimos la tolerancia y el respeto a lo diferente en los demás, así como a aprender a identificar lo público de lo privado, no sólo ayudaremos a nuestra salud mental estando más en paz con la colectividad en la que vivimos, sino que ayudaremos también a quitar los límites para que cada persona se pueda desarrollar en todo su potencial, y quién sabe, quizás también nos sentiremos más libres.

Esta columna fue publicada el 7 de enero de 2013 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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