Propósito para 2013


El año 2012 está por concluir sin que el mundo haya llegado a su término, a pesar de que el 21 de diciembre de este año fue la fecha del fin de la humanidad más publi-citada de la historia. El mundo no se acabó el 21, ni el 23 –según las diferentes teorías sobre la profecía maya–, aunque no por eso este 2012 dejó de ser fatídico en muchos aspectos, con la diferencia, quizás, de que al continuar el transcurso de la vida, las acciones vividas durante el año que llega a su fin tendrán consecuencias en el que se avecina.

En México, los eventos más representativos fueron aquellos derivados de la campaña electoral, los cuales, aunados a la creciente violencia de los últimos 6 años, tuvieron como resultado una mayor polarización entre las diferentes corrientes de la sociedad mexicana, quienes incluso llegaron a enfrentarse verbal y físicamente. Dicho antagonismo, lejos de disminuir una vez terminado el proceso comicial, parece mantenerse al menos en algunos sectores, quienes deslegitiman mutuamente su trabajo, basándose sobre todo en su filiación partidista, lo cual, al ser un argumento subjetivo, no sirve para crear un consenso del cual pueda originarse una unidad destinada a un objetivo en común, y por lo tanto, al desarrollo del país.

El estilo de la política de nuestra República se ha ido estable-ciendo en un sistema partidista que sólo funciona para servirse a sí mismo, sin lograr que la ciudadanía mexicana se encuentre debidamente representada. Las noticias que nos informan acerca de que los diputados federales se aprobaron un crédito preferencial, para poder adelantar el pago de su dieta hasta por 5 meses a partir del próximo año, con una tasa de interés mucho más conveniente de la que nos ofrecen los bancos al resto de las personas, nos indignan, pero ya no nos sorprenden. Enterarnos de que en tiempos de crisis esos mismos legisladores avalaron que se les compren 130 autos de lujo ya no despierta nuestra capacidad de asombro. No importa que nos sintamos burlados por nuestros representantes, es la sensación de frustración la que tiene mayor eco.

Nos hemos acostumbrado a creer que aquellos y aquellas que forman parte de la clase política gozan de la impunidad suficiente para hacer todo lo que deseen, mientras estas decisiones se ajusten a la legislación que han aprobado a su misma conveniencia. Si son quienes nos representan, eso significa que la misma sociedad les dio una autorización para efectuar lo que quieran a nuestro nombre, pero ¿realmente tenemos nosotros un interés en que ellos puedan gozar de un trato preferencial al cual nosotros no tenemos acceso? Ni siquiera sé cómo empezar a justificarlo.

Lo anterior se puede ver traducido en muchas de las decisiones que toma el gobierno que nos atañen más directamente: leyes que restringen la libertad de expresión, decretos que donan espacios públicos a instituciones privadas, iniciativas de ley que limitan el derecho a decidir sobre nuestros propios cuerpos, etc., de las cuales tenemos poca o ninguna injerencia, a pesar de ser los principales afectados, sin importar cuál sea nuestra preferencia o filiación partidista. ¿Cómo se puede asegurar entonces que quienes dirigen nuestro futuro político trabajan para nosotros, cuando sus acciones van en contra de nuestros intereses? ¿Es que acaso somos simples rehenes de los partidos?

El estilo de la democracia que se ha venido ejerciendo, efectivamente, nos destina a continuar secuestrados a la voluntad de unos cuantos, ya que define como democrática la imposición de la decisión de un grupo de personas que dicen trabajar para nuestro bienestar, quienes han probado en un sinnúmero de ocasiones servir a su propia conveniencia o a la de intereses privados, en lugar de proteger los derechos universales, consagrados en la Constitución como garantías individuales. No obstante, si esto es así, es porque no hemos logrado la unidad necesaria para ejercer una presión suficiente que les obligue a fungir como lo que son: servidores públicos.

Las diferencias de opinión entre la ciudadanía son sanas cuando alimentan un debate que después pueda traducirse en propuestas o acciones para beneficio de la sociedad, pero no cuando están dirigidas a crear escarnio o simplemente a ofender a los demás por no compartir nuestros gustos o preferencias; en este segundo escenario, la incapacidad de la gente para unirse alimenta los vicios que hasta el momento se han mantenido en nuestro sistema político, trayendo como consecuencia que sigamos siendo ajenos a las decisiones que afectan nuestro futuro, que continuemos siendo extraños en nuestra propia casa.

El 2012 debe dejarnos la experiencia del intento de la sociedad para comenzar a unirse. Con todo y las fallas que tuvieron los movimientos sociales, su existencia es una prueba clara del hartazgo de la población contra las imposiciones de los poderosos, del interés de la gente de participar en la construcción del país en el que vive. Pero esto no será posible si antes no se establece un nuevo pacto social, en donde el interés público esté por encima del particular, entendiendo que al lograr mantenernos en unidad como nación, respetando nuestras garantías individuales, así como nuestro derecho a disentir, podremos tener la fuerza suficiente como para ostentarnos como propietarios y propietarias de este país. Ese debiera ser nuestro principal propósito de 2013.

Esta columna fue publicada el 31 de diciembre de 2012 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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