Día Internacional para la Tolerancia


Después del incidente del World Trade Center, en Nueva York, surgió un miedo generalizado hacia aquellas personas que practicaran la religión musulmana. Había información en los periódicos, la televisión y la internet, que difundían ampliamente su odio y estrategias hacia la cultura occidental, además de plantear un fundamentalismo tal que inhibía los derechos humanos de las personas (sobre todo mujeres y minorías) que habitaran en países fundamentalistas. Poco a poco ese miedo se tornó en un encono hacia las personas musulmanas, e incluso se reportaron ataques en varias partes del mundo.

Debo confesar que a pesar de tener un firme compromiso en contra de los estereotipos, no pude escapar de esa corriente e interiormente tenía prejuicios hacia la gente que practicara dicha religión. Suponía que sus creencias hacían a los musulmanes violentos hacia las mujeres, que nos creían merecedoras de menos derechos por una cuestión puramente teocrática y que era imposible razonar con ellos. La ironía era que nunca había conocido a alguien que tuviera al Islam como fe.

Esta circunstancia cambió cuando arribé a la Universidad para la Paz, en San José, Costa Rica, pues en ella conocí musulmanes y musulmanas que venían de esos países fundamentalistas a los que temía. De repente comencé a convivir con marroquíes, uzbecos, jordanas, sudaneses, indonesas, iraquíes, iraníes, egipcios, etc., en un mosaico multicultural que me permitió conocer a las personas detrás de las etiquetas. Mi sorpresa fue enorme cuando me percaté que mis amistades (porque en realidad tenía un sentimiento fuerte) no eran diferentes a mis amigos o amigas católicas de México. Al igual que yo, eran jóvenes que buscaban hacerse un lugar en el mundo, que tenían sueños y proyectos, y que procuraban tomar lo mejor de la vida, y retribuirle al mundo lo más que pudieran. Con gran satisfacción descubrí que a pesar de que algunos de ellos usaran sus tradicionales vestidos regionales, o cubrieran sus cabellos por respeto a su religión, en el fondo eran iguales a mí.

Esa experiencia me hizo darme cuenta de que a lo que temía era a la intolerancia de algunos grupos fundamentalistas que se habían casado, tanto con sus creencias, que no permitían absolutamente nada que les contradijera, pero irónicamente, al juzgarles a todos por las acciones de unos cuantos, estaba cayendo en lo mismo que condenaba: estaba siendo intolerante, aunque mi rechazo no fuera violento. Al conocerles y darme cuenta de que las diferencias existían tan sólo en los enredos mentales que yo me había formado con las ideas que permití se incrustaran en mi cerebro, les hice parte de mi mundo y les respeté incluso con todas sus diferencias culturales que, a pesar de todo, no les apartaban de mí.

El miedo a lo diferente nos ha hecho construir a un “otro” en oposición a un “nosotros”, y acusarle de amenazar nuestro estilo de vida, nuestra cultura y tradiciones; la intolerancia que sucede a este temor ha ocasionado injusticias a lo largo de la historia, que seguimos repitiendo en mayor o menor escala, preservando odios irracionales que en muchas ocasiones impiden el ejercicio pleno de los derechos de ciertos grupos.

No solamente los fundamentalistas extremos son los que causan un menoscabo a la sociedad, de hecho son los pequeños actos los que ocasionan más daños. Osama bin Laden pudo haber matado a más de tres mil personas en un acto de odio, pero ¿a cuántos millones de personas se les han negado sus derechos fundamentales por prejuicios generalizados?, ¿cuántas mujeres han muerto, tan sólo en México, por misoginia?, ¿cuántos hombres y mujeres homosexuales han sido asesinados por homofobia?, ¿cuántos crímenes de estos han quedado impunes por una discriminación institucionalizada?, ¿qué tanto violenta a la ciudadanía la intolerancia sistemática?

Desde el chiste machista, el comentario despectivo sobre el “jotito”, la burla a los “mandilones”, o la desconfianza a los judíos, se manifiestan actos o comentarios aparentemente inofensivos que alimentan un desprecio a aquello que acostumbramos suponer como malo, erróneo, foráneo o diferente, que llega a escalar a actos de violencia o supresión de derechos. Es el hecho de suponer que la homosexualidad está mal lo que ha impedido que miles de parejas del mismo sexo puedan tener el mismo derecho que el resto a casarse, como lo decreta la Constitución de México. Es la creencia de que los hombres son más inteligentes que las mujeres lo que provoca que muy pocas de nosotras ocupe cargos directivos en las compañías mexicanas. Son los prejuicios, la ignorancia y el alejamiento hacia las personas que etiquetamos como “diferentes”, lo que nos hace intolerantes hacia ellas.

La discriminación por motivos de raza, religión, orientación sexual, lengua, nacionalidad o género, es una acción que promueve una violencia sistemática que debe de ser erradicada mediante un cambio en nuestra cultura, en donde seamos capaces de convertir al “otro” en uno de “nosotros”, viendo más allá de las diferencias originadas por prejuicios irracionales, y cuidando nuestro lenguaje para no caer en las ofensas ocultas en chistes o comentarios, que promueven un pensamiento de exclusión, en un mundo tan necesitado de unidad. 

El próximo 16 de noviembre se conmemorará el Día Internacional para la Tolerancia, establecido por los estados miembros de la Organización de las Naciones Unidos el 12 de diciembre de 1996, cuyo objetivo es promover una “… tolerancia activa, al impulsar una educación de calidad para todas las niñas y niños; promover medios de comunicación libres y plurales, incluso en la internet; y proteger el patrimonio cultural y fomentar el respeto de la diversidad cultural”*. Sin embargo, deberíamos de ser capaces de celebrar la tolerancia, no sólo el 16 de noviembre, sino todos los días del año, hasta que seamos capaces de mirarnos los unos a los otros con el respeto intrínseco que cualquier persona merece por el simple hecho de existir.

*Extracto del Mensaje del secretario General, con ocasión del Día Internacional para la Tolerancia

Esta columna fue publicada el 12 de noviembre de 2012 en Diario de Colima

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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