Un País Con Esperanza


Me parece que en los últimos años he perdido irreversiblemente mi inocencia. Ya no creo en los cuentos de hadas y estoy absolutamente convencida de que ni Supermán ni Santa Claus existen, así como de que la “salvación” o “perdición” de este país no recae ni es culpa de una sola persona o de un partido político en específico.

México viene arrastrando una historia de desigualdades, injusticias y corrupción prácticamente desde su mismo origen. La historia prehispánica que conocemos nos relata la tiranía que ejercía el imperio de Tenochtitlan sobre los reinos menores, al grado de que indígenas tlaxcaltecas encontraron una esperanza en los invasores españoles con los que decidieron aliarse. Después, los mismos salvadores se volvieron en su contra y esclavizaron a las comunidades autóctonas con la excusa de la evangelización, creando una ciudadanía de primera, segunda y tercera clase.

Las revoluciones que hemos tenido a lo largo de la historia han logrado garantizar algunas libertades, pero los vicios permanecen en nuestra cultura, como el clasismo, el racismo, el sexismo, la corrupción y, entre otros, el nepotismo y el compadrazgo, que propician que exista en el país un sistema de privilegios que nos encierra en un círculo vicioso de impunidad y violencia. Han cambiado los grupos que nos gobiernan, pero no han cambiado el sistema ni la cultura que nos rigen, lo que nos imposibilita dar el salto a un país de primer mundo.

La idiosincrasia propia de la nación provoca que, a pesar de las constantes y continuas desilusiones, aún haya quienes sigan creyendo en adalides de la democracia, que una vez electos vendrán a salvar a la nación completa con sus evidentes poderes mágicos, sin darse cuenta de que incluso la peor persona del mundo podría ejercer un excelente gobierno si así se viera obligada por la participación y la vigilancia de su población. Esa tendría que ser la garantía de un sistema democrático, pero para que eso se diera, deberíamos primero vivir en una democracia, en la cual no imperaran el terror y la ignorancia que nos hacen ceder derechos constitucionales por la esperanza de la seguridad, sin darnos cuenta de que con eso apoyamos a la tiranía que nos gobierna mientras nos ignora, a menos, claro, que tengamos la fortuna de estar dentro de su rango de visión, que es donde se comprueba que cuando se quiere, se puede, y que nos confirma al resto de los y las mortales que, para obtener justicia en México, se necesita pertenecer a las y los ciudadanos de primer nivel, lo que irremediablemente conduce a una gran parte del resto a la frustración y al rencor.

Esto último podría ser la razón por la cual la muerte del hijo de Humberto Moreira produjo comentarios de júbilo en las redes sociales, en donde se hacía una clara apología de su asesinato. Tal vez el que una persona tan poderosa y protegida por el manto de la impunidad, como el ex gobernador de Coahuila y ex presidente nacional del PRI, viviera en carne propia el dolor que han sufrido en silencio miles de familias mexicanas –que han sido ignoradas por el sistema y que incluso han tenido que soportar que los nombres de sus muertos se sumen a la lista de los criminales caídos en la lucha contra la delincuencia organizada, para evitar así el costo económico y social de una investigación– fue lo que propició que hubiera quien sintiera incluso gusto por un crimen terrible e igualmente condenable. Es la desesperación de los cínicos, que ya no aspiran a la felicidad, sino a que todas las personas vivan en la misma desdicha, víctimas y reproductores del mismo sistema que odian.

Un caso parecido es el del ataque con huevos que padeció la periodista Adela Micha cuando recibía un doctorado Honoris Causa en Veracruz, que provocó que toda la clase política se mostrara profundamente indignada y se volcara en palabras de solidaridad contra el deleznable acto de los dos jóvenes autores del hecho. Sin embargo, esa abundante presencia en las redes de muestras de indignación estuvo ausente cuando Cimac presentó su informe diagnóstico sobre la violencia contra las mujeres periodistas 2010-2012. Tampoco se movilizaron para garantizar la seguridad de la periodista Lydia Cacho cuando ésta recibió amenazas de muerte y se vio obligada a abandonar el país; o cuando MVS despidió a Carmen Aristegui para después recontratarla por supuestas presiones del gobierno de Felipe Calderón; o ante el alarmante aumento de asesinatos de mujeres periodistas y activistas de derechos humanos.

Por supuesto que el asesinato del hijo de Humberto Moreira es condenable, y claro que la antipatía que se sienta ante cualquier periodista no es razón suficiente para censurarle, ni mucho menos para agredirle físicamente; pero la magnitud de la respuesta que estos casos generan en las autoridades es lo que ofende a la gente; hace pensar que esos asuntos son atendidos con premura porque se trata de personas públicas, pertenecientes a una élite que, según la Constitución, no debería existir. Ofende también que se les brinde la satisfacción de la justicia con tanta rapidez; que los perpetradores del ataque a Adela Micha hayan sido inmediatamente arrestados, y que toda la policía en Coahuila se haya movilizado inmediatamente para tratar de capturar a los responsables del homicidio de José Eduardo Moreira, mientras tantos crímenes quedan ignorados.

Pero lo que nos falta entender como ciudadanía es que no son los políticos los que tienen la culpa de que esto suceda, sino la cultura generalizada de la gente, pues hasta donde tengo entendido, en los partidos políticos hay personas iguales a nosotras, no pertenecen a ninguna especie en particular, sino tan sólo reproducen lo que México en su generalidad es, pero sobre todo, lo que les dejamos ser. Quizás al entender cómo actuamos y cómo permitimos que nuestras autoridades actúen, será cuando podremos aspirar a vivir en un país con esperanza.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 8 de octubre de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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