Trata de Personas


Existe dentro del espacio moral de nuestra cultura un apartado que nos aleja de la responsabilidad que tenemos como sociedad para combatir asertivamente la trata de personas. La convicción moralista que nos hace desviar la mirada para evitar ver la creciente prostitución que emerge a altas horas de la noche en las calles, es la misma que no nos deja darnos cuenta de que muchos hombres y mujeres que por ahí deambulan son víctimas del mismo sistema que permite, y en ocasiones fomenta y oculta, esa doble moral.

No se trata de espantarnos ante una realidad, de pretender censurar fotografías de desnudos y persignarnos cada vez que miramos a una mujer en minifalda, o a un hombre vestido de mujer prostituyéndose en las calles, sino de interesarnos y conocer las historias que hay detrás de esas actividades, de darnos cuenta del jugoso comercio que significa la venta y renta de los seres humanos, de los cuales insistimos en desapegarnos hasta que colocamos el rostro de alguno de nuestros seres queridos en ellos y en ellas.

Se trata de relacionar el aumento de la violencia en nuestro país con el incremento en las desapariciones de personas, entre las cuales hay jóvenes menores de edad que son extraídos de su entorno, por la fuerza o con engaños, para después ser explotados sexualmente dentro o fuera de la República Mexicana. De dejar de juzgar negativamente a los hombres y mujeres que comercian con sus cuerpos y comenzar a imaginarnos las dificultades con las que se encuentran diariamente; el peligro al que se exponen, tanto de contraer alguna enfermedad, como de perder su vida. Preguntarnos: ¿Qué edad tienen? ¿A qué tipo de actividades se tienen que someter? ¿Cuántas veces se les ha llegado a golpear? ¿Cuentan con acceso a la seguridad social? ¿Qué tipo de futuro existe en ese negocio? Y sobre todo, ¿hay alguien detrás?

Para la mayoría de la gente, tal vez sería fácil asumir que dichas personas lo hacen por gusto, que lo disfrutan, pero aunque tal vez algunas en verdad así lo hagan, generalizar esta suposición a todo aquel universo de personas significa crear una farsa para ayudarnos a dormir mejor por las noches, para no responsabilizarnos sobre la cultura que mantiene el comercio de personas como una actividad creciente, en donde son obligados a participar niños y niñas a quienes se les roba su infancia. En donde se genera un escándalo momentáneo cuando un gobernador es expuesto en una conversación con un pederasta, pero sin ninguna consecuencia política ni legal, salvo quizás un “¡Jesús bendito!” y una mirada reprobatoria.

Esto solamente en el aspecto de la explotación sexual, sin embargo, la trata de personas comprende otras actividades igual de infames, como la extracción de órganos, tejidos y sus componentes, los matrimonios forzados, las adopciones falsas, la pornografía infantil, el turismo sexual y la compra de personas.

La semana pasada, la ex diputada federal panista, Rosi Orozco, acudió al estado de Colima, donde ofreció la conferencia “Prevención y trata de personas” en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima, como parte de la Semana Estatal Contra la Trata de Personas. Antes de eso, acudió a las instalaciones de Diario de Colima, desde donde hizo un llamado para homologar la ley estatal a la Ley General para Prevenir, Sancionar y Erradicar los Delitos en Materia de Trata de Personas y para la Protección y Asistencia a las Víctimas de estos delitos, con la intención de dotar a la primera de “dientes” para evitar caer en una impunidad institucionalizada.

Asimismo, mencionó la importancia de que en el presupuesto para el siguiente año se incluyan recursos contra la trata de personas, tanto para realizar campañas de prevención, como para crear albergues en donde se proteja a las víctimas y se les ayude en su recuperación para dejar de ser victimizadas y convertirse en supervivientes; así como para capacitar a las autoridades estatales y evitar que éstas caigan en comentarios sexistas e insensibles en donde se les culpa de su propia victimización.

Pero más importante aún, es necesario hacer una reflexión sobre el tipo de cultura que tenemos, la cual hace posible que nuestro país ocupe el segundo lugar en hospedar páginas electrónicas de pornografía infantil, y en donde no se le da la importancia debida a la desaparición de personas, sino hasta que ésta toca las puertas de nuestras casas o las de nuestros vecinos. Es necesario crear una mayor sensibilidad, para aprender a valorar la integridad de nuestros semejantes, sin que sea necesario imaginarnos en ellos y en ellas el rostro de nuestros seres queridos.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 10 de septiembre de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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