Terror Sabatino


El fin de semana anterior se vivió un ambiente de miedo y tensión, luego de que tuvieran lugar varios actos terroristas que la caprichosa moda ha denominado “narcobloqueos”, en diversos puntos del estado de Jalisco, y algunos otros de Colima. Los hechos consistieron en detener el tráfico de alguna calle, avenida o carretera, incendiando vehículos robados, o de las mismas personas que circulaban por ahí, bajándolas de sus autos y prendiéndoles fuego luego de rociarles gasolina. Esos sucesos casi siempre obedecen a una represalia hacia el gobierno federal por la captura o muerte de un personaje importante para la delincuencia organizada.

En esta ocasión, la violencia del hampa fue una reacción a un operativo de la Policía Federal al sur de Jalisco, el cual derivó en un enfrentamiento que dejó seis delincuentes muertos, aunque en un principio circularon versiones de que los bloqueos eran en represalia a la supuesta aprehensión de Nemesio Oceguera Cervantes, El Mencho, presunto líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación, y brazo derecho de El Chapo Guzmán en la zona del Bajío. Como es lógico (porque la experiencia así lo dicta), tras ese evento, se debían haber activado todos los focos rojos en materia de seguridad, haberse mostrado una presencia fuerte de la autoridad para desmotivar algún acto vandálico, e incluso se debió haber desplegado un operativo para desarticular cualquier plan que atentara contra la integridad, física y/o económica, de la ciudadanía. Pero una cosa es lo que se debió haber hecho, y otra lo que se llevó a cabo.

Las autoridades respondieron tarde a la emergencia que se suscitó alrededor del mediodía, cuando integrantes de la delincuencia organizada bloquearon vías importantes de Jalisco y de Colima. Incluso el secretario de Seguridad Pública del Estado vecino, Luis Calos Nájera Gutiérrez de Velasco, se quejó de que el gobierno federal no les haya emitido un aviso para poder tomar las acciones correspondientes, que hubieran podido evitar estos hechos lamentables.

A pesar de que no se reportaron mayores daños, ni en Jalisco, ni en Colima, las acciones no pueden ser minimizadas por el peligro mayúsculo en el que estuvo la población, por las pérdidas materiales que representa el que a una persona se le despoje de su vehículo, a punta de pistola, para incendiarlo; del trauma psicológico que esto implica, del mensaje de miedo, de desconfianza y de desamparo que logra propagarse entre la población.

¿De qué nos sirve a la ciudadanía que el gobierno federal se regocije ante la noticia de la captura de importantes capos, si esto significa un riesgo para la gente? ¿Para qué continuar una guerra, si se ha perdido el punto de la misma, que es proteger a los y las mexicanas? ¿Es que acaso debemos de asumirnos como potenciales “daños colaterales” andantes y resignarnos?

En una reflexión publicada el domingo pasado en El Informador, el especialista en seguridad pública, Dante Haro Reyes, explica que el error de la estrategia de Calderón es que no tiene como prioridad disminuir la violencia, sino tan sólo hacer un uso mediático de la justicia, capturando a presuntos líderes de cárteles, sin que esto vaya de la mano con una disminución en su nivel de agresividad, sino que por el contrario (añado yo), éste aumenta y pone como objetivo a la sociedad en general.

Como ciudadana, me resulta preocupante el percatarme de la red de organización que se proyectó el sábado pasado, y el alcance que ésta tuvo, pues su despliegue fue una clara muestra de la zona en la que este grupo criminal tiene presencia. Pero aún más, me resulta aterrador que hayan podido hacerlo sin que ninguno de ellos hubiera sido detenido. Sencillamente no es un buen mensaje.

Excusas podrá haber muchas: falta de comunicación entre los gobiernos federal, estatal y municipales; falta de entrenamiento de las fuerzas de seguridad pública. ¡Muchas!, el caso es que los resultados exhiben una estrategia fallida que debe de ser revalorada con honestidad y urgencia, antes de que los daños a lamentar sean mayores, o que se naturalice en nosotros la violencia, al grado de llegar a ver estos hechos como algo normal.

¿Estamos a tiempo? No. El tiempo se le acabó hace mucho a Felipe Calderón, con 47 mil (o 150 mil, según quien cuente) personas asesinadas en su sexenio; no podemos hablar de un remedio oportuno, o de una restauración en lo absoluto, su tiempo se agotó y perdió el juego. Habrá que ver la táctica que decida el siguiente presidente de México; mientras tanto, con toda la confusión que de esto resulta, tan propicia para fabricar múltiples teorías de conspiración, hay una cosa que me queda clara: El Chapo tiene más brazos que un pulpo, y todos son derechos.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 28 de agosto de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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