Marcar la Diferencia


He notado que cuando se habla de la lucha feminista, la gente tiende a confundirse, creyendo que lo que se busca es equiparar el rol femenino con el que desempeñan los hombres. A menudo surgen los comentarios enfocados en la fuerza física, insistiendo en que si demandamos igualdad, entonces deberíamos realizar las mismas actividades que ellos, en las cuales probablemente estaríamos en desventaja por razones de anatomía. Lo que aquellas personas no alcanzan a comprender es que las mujeres no pretendemos igualdad al reclamar nuestro espacio entre los hombres, sino por el contrario, buscamos que la diferencia entre ambos sexos sea reconocida, y que entendamos que a pesar de ésta, también pertenecemos a la raza humana y que el ser distintos no nos confronta forzosamente.

Parte de esa diferencia es el lenguaje, que es en donde cobra vida la existencia, y en donde la lengua española sintetiza radicalmente al género femenino con el masculino. Desde su origen, las mujeres han sido incluidas en el precepto “hombre”, equiparando el término con la palabra “humanidad”, como si fueran sinónimos que encerraran los símbolos de lo femenino y lo masculino. Se normalizó entonces que las mujeres nos sintiéramos incluidas cuando escuchábamos “todos”, “los”, “nosotros”, etc., sin que se les ocurriera que la falta del pronombre femenino significaba una exclusión, o una invisibilización a nuestra persona, a nuestra individualidad, a las necesidades específicas del género femenino.

De la misma forma, las sociedades en su generalidad evolucionaron a la par de lo masculino, cumplimentando las necesidades de y para los varones, obviando o ignorando las femeninas, pues éstas estaban limitadas al hogar, a la esfera privada, siendo sus derechos tan sólo una extensión de los de su marido, padre, hermano u otro varón que tuviera la responsabilidad de su cuidado y representación ante la masculina esfera pública.

La masculinización de las sociedades y la hipervaloración de lo masculino sobre lo femenino han fomentado una civilización que comparte estas mismas características, y prioriza dichos valores y necesidades sobre los de las mujeres, creando un ambiente que impulsa el éxito profesional de los hombres y discrimina a las mujeres por sus capacidades biológicas intrínsecas, independientemente de lo que ellas quieran o decidan.

Las feministas de la primera ola, las liberales, comenzaron su lucha intentando compararse con los hombres, mimetizándose con ellos para demandar su espacio en aquella masculina esfera. En aquel momento ese radicalismo se hacía necesario para conseguir el impacto preciso para lograr abrir la pesada puerta de la ciudadanía. Los derechos civiles de las mujeres llegaron entonces con el rechazo al sostén, y el rechazo a la debilidad tradicionalmente adjudicada a lo femenino, una irónica misoginia. Pero con el derecho al voto y el reconocimiento de las mujeres en la sociedad se hizo evidente que la mimetización de las mujeres con los hombres no resolvía el problema de la opresión, y que la garantía de ser votadas no confería una igualdad en derechos ni en participación cívica.

Aunque en el texto legal las diferencias se han ido reduciendo, en la vida práctica aún se hacen evidentes. La carga biológica de la procreación sigue restringiendo a las mujeres a la vida privada, sujetándolas y haciéndolas directamente responsables de la educación de los hijos y de la administración del hogar. La concepción de la familia tradicional sigue viva en la mentalidad de hombres y mujeres, quienes la reproducen en sus vidas privadas, aun cuando las circunstancias hayan cambiado. De esta forma, observamos ahora un aumento en el porcentaje de mujeres casadas y con hijos que trabajan, pero que siguen sintiendo la responsabilidad del hogar en sus manos, lo que se traduce en una doble jornada para ellas, donde la segunda no es remunerada.

Considero importante señalar que tal sentido de responsabilidad por el hogar no necesariamente es compartido por los hombres, quienes en su inmensa mayoría sólo se sienten compelidos a hacer las reparaciones de la casa o a mover los objetos más pesados, es decir, los roles típicamente masculinos.

Dicha idea, muy arraigada todavía en las sociedades latinoamericanas, repercute en las oportunidades laborales a las que las mujeres tienen acceso, provocando que los y las patronas prefieran contratar a los varones en lugar de las mujeres, pues de esa forma no verán su ambiente laboral turbado por las problemáticas “típicas” que conlleva el incrementar el número de la familia, ni tendrán que apresurarse a dejar el lugar para ir a preparar los alimentos diarios, o a hacer el aseo. Incluso cuando la mujer solicitante sea soltera, se suele asumir que su deseo último será el de formar un hogar y reproducir dichos roles, lo que podría llevar a un futuro descuido o abandono de su trabajo.

Aunado a esta mentalidad, contratar a una mujer resulta una carga económica en la mente de quienes emplean, puesto que tienen la posibilidad biológica de embarazarse y hacerse acreedoras a una incapacidad por gestación, lo que resultaría en un tiempo determinado por ley en el que ella podría ausentarse para parir, y en el que la empresa debería pagarle, además de guardarle su espacio para cuando regrese. Al estar libres los hombres de esta posibilidad biológica por carecer de un útero, emplearlos representa un riesgo menor que contratar a una mujer.

La solución a estos problemas no es sencilla, pues tal mentalidad forma parte de una idiosincrasia que se va reproduciendo en cada familia, y que es reforzada tanto por nuestro sistema legal, como de comunicaciones. La “protección” que brinda el texto de la ley a las mujeres embarazadas las vuelve demasiado engorrosas para las empresas, sobre todo en un sistema económico neoliberal que demanda una completa dedicación y reducción de costos. La ley, por tanto, en lugar de resultar una aliada en la equidad de género, se vuelve parte de un sistema patriarcal opresor, que magnifica una diferencia biológica en lugar de acortarla, provocando –sin pretenderlo, como muchas de las injusticias provocadas por la ignorancia– una discriminación por motivos de género.

Más difícil aún se vuelve el tema de la cultura, pues estamos hablando de una mentalidad tan extendida y generalizada que se vuelve invisible y hasta cierto punto se llega a considerar “normal”. Algo que siempre se ha hecho de determinada manera tiende a repetirse, a pesar de estar provocando resultados adversos para algún sector de la sociedad.

En esta invisibilidad, los mecanismos sociales se mueven y desarrollan ajustados a este patrón, incluidos aquellos que encuentran un mercado en la diferencia de los roles, como es el caso de la publicación comercial, que busca ofrecer un producto diseñado para determinado grupo, sin reparar en que las imágenes que transmiten son a la vez parte de una educación subliminal que preserva las diferencias. Así, vemos todos los días en la televisión, comerciales de productos de limpieza protagonizados por personaje femeninos, y otros más de veloces automóviles conducidos por varones, marcando y a la vez preservando la separación de los roles masculinos y femeninos. Pero no sólo eso, los comerciales explotan también los valores patriarcales que protegen la valorización de lo masculino y oprimen y desprecian lo femenino, en situaciones tan “normales” y “naturalizadas” que las vuelven invisibles a los ojos de la mayoría.

Es por eso que la lucha feminista debe enfocarse más en la demarcación de las diferencias entre hombres y mujeres, para poco a poco ajustar, tanto el sistema legal del país, como la idiosincrasia de los y las mexicanas, para producir una nación más acorde a las necesidades de hombres y mujeres, en la cual podamos avanzar por igual, haciendo una tregua definitiva a la guerra más estúpida que existe: la de los sexos.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 24 de septiembre de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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