Kórima

EN una ocasión, mientras me entretenía viendo libros en lo que llegaba la hora de abordar mi vuelo en un aeropuerto internacional, observé uno que llevaba el logo de Starbucks titulado It’s not about the coffee (No se trata del café), que llamó poderosamente mi atención. Al leer la reseña del mismo, ésta decía que por supuesto que el café era importante, pero que el éxito de la marca se encontraba en todo lo que había detrás de la misma, no tanto en el producto en sí.

Inmediatamente hice la analogía a la situación que vivimos en México, recordando cuando mis amistades o conocidos me aseguraban que el problema de violencia que vive nuestro país se acabaría si se legalizaran las drogas. “El problema no son las drogas”, llegué a contestar.

Claro que la idea pasó por mi mente, honestamente, ¿quién no ha considerado la opción de legalizar los estupefacientes y brindar amnistía a los delincuentes para terminar con esta guerra? Tal vez y hasta serviría para sacar de la pobreza a un gran número de mexicanos y recapitalizar al gobierno con los impuestos derivados de su venta legal. Quizás nos haríamos un país rico con las exportaciones, volvería la paz a México y todos viviríamos por siempre felices. ¿O no? Parafraseando al libro de la marca de café: “No se trata de las drogas”.

El asunto de la despenalización de estupefacientes pudiera parecer la solución al infierno que actualmente vivimos, pero es tan sólo un espejismo, la salida falsa de un problema que tiene un trasfondo mucho más profundo y complicado, que tiene que ver con las diferencias sociales y económicas extremas que se viven en México, la corrupción, y la sed de poder, siendo éste el verdadero objetivo de quienes luchan en el otro bando de esta cruzada. 

También he escuchado que lo que faltan en México son valores, y hay quienes sugieren que un mayor acercamiento a Dios podría ser la respuesta, pero ¿cómo decirle a un desempleado que observa con impotencia el lujo con el que viven sus autoridades políticas y religiosas que todo se va a solucionar si actúa con bondad y tiene fe? ¿Cómo les explicamos a quienes ganan menos del salario mínimo, cuyas casas fueron destruidas por el huracán Jova, que lo que en verdad necesitan es ser buenos y honestos? ¿Cómo decirles a los rarámuris de la Sierra Tarahumara, desesperados por no poder darle de comer a sus hijos e hijas, que no se suiciden porque si lo hacen se irán al infierno, que es preferible morir de hambre y de frío? ¿Cómo pedirle a la gente que sea honesta, cuando día a día observa a los ricos y poderosos evadir la ley y salir impunes? Si el problema fueran los valores, no serían sólo los delincuentes quienes carecen de ellos.

Como sociedad, debemos de reconocer nuestra responsabilidad sobre lo que está sucediendo actualmente en el país. Como ciudadanos y ciudadanas mexicanas es imposible salir impunes, pues han sido nuestros actos –o nuestra falta de ellos– los que han permitido que las cosas se descompongan tanto. Al observar las injusticias de soslayo, al no hacer nada cuando vemos a un político enriqueciéndose a la sombra del poder, al pretender que somos mejor que alguien tan sólo por nuestro color de piel, nuestro género, nuestra cuenta en el banco, o nuestro código postal, al creer que alguien es superior tan sólo por ocupar un espacio público, al considerar que quien nos gobierna tiene poder absoluto sobre el pueblo, pero sobre todo, al creer con firme devoción que es necesario un líder para generar un cambio.

Sólo así se puede entender que en los últimos meses las prioridades en México hayan estado centradas en la telenovela electoral, donde los partidos se la han pasado aventándose carretadas de lodo entre ellos, sacándose sus trapitos al sol como el incremento de la deuda del estado de Coahuila en 434 por ciento y la de Zacatecas en 800 por ciento; o el cúmulo de irregularidades que encierra la Estela de Luz, monumento recién inaugurado por Felipe Calderón, cuyo costo subió de 393 millones a más de mil 35 millones de pesos, cuando el Colegio de Ingenieros Civiles asegura que debió de haber costado la mitad, todo esto mientras los y las indígenas rarámuris literalmente se lanzaban al vacío ante la desesperación de no poder alimentar a sus familias.

En un país en donde la pobreza extrema equivale al olvido y a la muerte; donde “los ricos” pueden golpear a sus empleados y ningunear a las autoridades pasando por encima de ellas sin que existan consecuencias legales, como el gentleman, o las ladies (o quizás deberíamos llamarlos “la gente bien”) de Polanco; donde las palabras “indio”, “asalariado” o “prole” son dichas en forma peyorativa, incluso por gente allegada a quienes pretenden gobernarnos; donde un jefe de brigada del programa Oportunidades se refiere negativamente de las mujeres indígenas a las que se supone está ayudando, comentando que “…no es lo suyo la higiene…”; donde los políticos encuentran en su función pública la forma de favorecerse a ellos mismos; donde la educación se encuentra reprobada, secuestrada por un sindicato inmoral; donde el sistema económico y político conducen a una estratificación casi cerrada, donde existe poca movilidad social que impide que los pobres dejen de serlo y los ricos cada vez lo sean más, parece incluso lógico que las consecuencias nos lleven a una realidad como la que estamos viviendo. 

No, el problema no son los estupefacientes. Si hay una droga que está envenenando a este país, ésta sería la distribución del poder, la voracidad de quienes lo tienen, la frustración de quienes carecen de él, y la indiferencia de quienes están en medio, quienes no han terminado de darse cuenta de la fuerza que representa la unidad, y la urgencia de su participación.

En rarámuri, la palabra kórima significa reciprocidad-obligatoriedad, es decir, la ayuda que todo rarámuri tiene derecho a solicitar de otro u otra. Es compartir, es el hecho de dar y recibir. El día de hoy los indígenas de la Sierra Tarahumara necesitan kórima para no ver morir de hambre a su familia. Para los que deseen ayudar, las cuentas para apoyar a la comunidad rarámuri de la Sierra Tarahumara son: Banamex: 419-7807-054 Clabe 002 180 0419 7807 054 4, y BBVBA Bancomer: 0044 6906 192 Clabe 012 580 0044 6906 1292 9.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 16 de enero de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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