¿Aquí o más allá?

LLEGÓ por fin el ominoso 2012, año que según algunas de las interpretaciones del calendario maya será el último de esta era y probablemente de la especie humana. Los seguidores de estas profecías han adelantado que pudiera tratarse de una catástrofe de consecuencias monumentales, desencadenada por algún fenómeno astronómico.
Se especulan muchas cosas: la llegada de un cometa, que algunos llaman Planeta X, Nibiru, Ajenjo o Hercólubus, que podría poner en riesgo la vida en la Tierra, ya sea porque chocaría contra ella o porque su gravedad afectaría nuestra corteza causando terremotos u otros eventos cataclísmicos; un incremento en la actividad del sol que produciría enormes erupciones que podrían alcanzar la atmósfera de la tierra; la inversión polar, que estaría acompañada de desastres naturales, además de la desaparición de la magnetosfera (una especie de escudo protector contra las llamaradas solares), por un periodo indeterminado de tiempo, lo cual nos dejaría a merced del caprichoso sol, que en una tormenta solar podría, desde freír las telecomunicaciones, hasta vaporizar la superficie terrestre; la alineación de la Tierra con el centro de la galaxia, lo que nos dejaría expuestos al agujero negro que habita en medio de ésta, el cual podría absorbernos o fundirnos con una emisión de rayos gamma, etcétera.
Hay además algunas otras teorías aún más radicales, como que los mayas, que ahora viven en Las Pléyades, regresarán para llevarnos a otra dimensión; que pasaremos de la tercera a la quinta y despertaremos como seres de luz; que tendremos contacto con seres extraterrestres y otras consecuencias más.
La realidad es que el mañana sigue siendo tan impredecible como hoy, y nadie sabe lo que realmente ocurrirá el 21 de diciembre de 2012, o el 15 de agosto, o el 3 de marzo, o cualquier fecha por venir, a excepción del 9 de julio próximo, donde puedo predecir que cumpliré años. El futuro es por antonomasia incierto y eso produce incertidumbre, lo que, acompañado con el miedo a lo desconocido y las teorías apocalípticas, puede causar una histeria colectiva conforme nos acerquemos al día citado.
El 21 de mayo del año pasado vivimos una probadita de lo que puede suceder cuando la gente se deja llevar por los autodenominados profetas que vaticinan el fin del mundo, cuando Harold Camping aseguró que en dicha fecha tendría lugar “el arrebato” mencionado en las escrituras bíblicas. Cientos de personas dejaron sus trabajos para seguir el llamado del “profeta” y difundir “el mensaje”, donando sus ahorros para quedarse tan sólo con el dinero necesario para vivir hasta la fecha anunciada. De más está decir que, cuando no pasó nada, hubo familias enteras desilusionadas que habían perdido hasta el último centavo de sus ahorros personales, en medio de una de las peores crisis económicas en los últimos 120 años.
Otras profecías anteriores, como la del 2Yk al acercarse el año 2000, que aseguraba una destrucción nuclear o un retroceso a la edad de las cavernas por un error de los programadores informáticos; o la de Nostradamus, que pronosticaba el fin de los tiempos para 2009, tampoco se cumplieron, dejándonos tan vivos como el día anterior, con la excepción de aquellos que, por diversas causas, iban muriendo.
Considero que la raza humana, al experimentar vidas finitas cortas, tiene una necesidad imperiosa por colocarle un final similar a la existencia global; sin embargo, me asombra que se relacione el Armagedón con diversas creencias religiosas, en lugar de poner atención a las costumbres y manías diarias que ya están disminuyendo la calidad de vida no sólo de la humanidad, sino de todos los que compartimos el espacio dentro de esta esfera azul. Problemas reales que sí pueden cambiar la vida como la conocemos, por lo menos para algunos países o sectores sociales. 
La contaminación del agua, del aire y del suelo, además de la sobreexplotación de los recursos naturales, ya están teniendo consecuencias importantes en algunas regiones del mundo. El incremento artificial en el calentamiento de la atmósfera ha contribuido a la aparición de fenómenos meteorológicos conocidos como El Niño o La Niña, causando sequías e inundaciones en diversas partes del mundo, con las consecuentes crisis agrícolas. El avance en las tecnologías ha llevado a algunas especies al borde de la extinción, como es el caso de las ballenas, las cuales son cazadas por su carne y para producir aceite; la avaricia de las compañías balleneras es tal que la desaparición de las mismas les tiene sin cuidado, al grado de no darles el tiempo suficiente para reproducirse, por miedo a que esto les represente costos económicos.
La sobreexplotación de los bosques para producir leña, muebles, o inclusive para crear espacio para la creciente demanda de vivienda, es también otro elemento que no hemos logrado ver a gran escala, donde los afectados no sólo son el medio ambiente, sino también los pobladores del área devastada; un ejemplo claro de eso es Haití, donde la tala de árboles llegó a tal extremo que al día de hoy este recurso está prácticamente agotado, provocando que este país esté a merced de los fenómenos naturales; en las palabras de Salvano Briceño, director venezolano de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD) de la ONU: “En Haití, los factores de riesgo aumentaron de tal forma que cualquier amenaza natural desencadena una catástrofe”. 
La naturaleza se encuentra amenazada, los daños provocados por el derrame petrolero en el Golfo de México por la empresa British Petroleum no se han terminado de cuantificar, mientras el mundo se encuentra cerca de una crisis energética por nuestra necesidad desmedida por consumir combustibles fósiles y el incesante incremento de la población.
Por si esto fuera poco, estamos estancados en una crisis económica de la cual los mejores analistas no tienen predicciones muy halagüeñas, pues mientras Estados Unidos es incapaz de recapitalizarse con un aumento en sus impuestos por la lucha entre republicanos y demócratas, la Unión Europea rechaza devaluar su moneda para combatir la inflación gracias a la creación (y mantenimiento) del euro, lo que desencadena consecuencias económicas en el resto del mundo. Además, las relaciones internacionales se encuentran tensas por las recientes amenazas que se han hecho entre Irán y Estados Unidos por el Estrecho de Ormuz. 
Lo anterior, sin dejar de tomar en cuenta el tenso momento electoral que estamos por vivir en un México en guerra contra la delincuencia organizada, me hace preguntarme si, en este 2012, nuestra mayor amenaza se encuentre en lo que podría acontecer más allá de los cielos.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 9 de enero de 2012

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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