Feminicidio


No todos los asesinatos de mujeres son feminicidios, pero el no observar los tintes de género implícitos en aquellos que sí lo son ayuda a invisibilizar un fenómeno cultural que pone en peligro a todas y cada una de las féminas de una entidad.

La falta de información y poca difusión que existe sobre los estudios de género han provocado que mucha gente crea incluso injusto que se tipifique sobre el feminicidio, considerando que la existencia del homicidio es suficiente, sobre todo cuando se pretende la igualdad entre los sexos.

Pero en esta ocasión no estamos hablando de un uso correcto del lenguaje, donde habría que distinguir entre el asesinato de un hombre o una mujer por su prefijo, sino de la inclusión de un delito que cuenta con una tipificación específica circunscrita en la categoría de crímenes de odio, término surgido a mitad de los años 80 en los Estados Unidos, que recientemente comienza a introducirse en México, tanto en el léxico común como en la letra de la ley.

La distinción intentada por la definición de crímenes de odio es la de incrementar las penas y sanciones a los delitos cometidos en contra de minorías socialmente desfavorecidas, es decir, de aquéllos cuya motivación se encuentre en razones de raza, género, orientación sexual, religión, discapacidad física, nacionalidad, etcétera.

Ahora bien, aun cuando el censo 2010 confirma que las mujeres somos mayoría en México, la desigualdad histórica, social y jurídica nos coloca en la categoría de minoría y, por lo tanto, en la de grupo vulnerable, es por eso que la igualdad a secas no nos favorece, pues la inequidad es tal que la igualdad o la neutralidad no equilibra la balanza. Además de que existe un odio invisible, engendrado y reproducido en prácticamente todos los sistemas educativos, desde la casa a la escuela, pasando por las instituciones públicas.

¿Cuántas veces le hemos dicho a un niño que no llore como niña?, ¿o lo hemos sacado de la cocina porque ése no es lugar para los hombres? ¿Cuántas ocasiones hemos instado a un joven para que muestre valentía diciéndole que “no sea vieja”? Incluso en sentido inverso, ¿cuántas veces hemos apremiado a un varón a que se comporte como “hombrecito”? Algo debe de estar mal con ser mujer entonces si existe tanto énfasis en que un hombre no se comporte como tal, si serlo significa ser cobarde, débil, sentimental e indiscreto, o si no, ¿por qué se emplea la palabra “hombría” para definir lo contrario? ¿Por qué las mejores cualidades se definen con el sexo masculino?

Para muestra un botón: en una de las acepciones de “hombre” de la Real Academia Española, ésta lo define como: “Individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza”. Mientras que la misma acepción no pone ningún ejemplo de esos atributos en referencia directa a su contenido semántico cuando se busca el significado de “mujer”. ¿Será de verdad que no encontraron ninguna? Como dato curioso, existen cuatro ejemplos incluyendo “mujer del arte” que se refieren a prostituta.

El resultado inevitable de esto ha sido el de poner al varón por encima de la fémina, donde se desvaloriza a ésta al grado de ubicarla en la categoría de objeto cuya existencia es prescindible, y cuyas transgresiones a esta jerarquía serán castigadas con violencia de género como una forma de conservar los privilegios patriarcales. El extremo de esa violencia es el feminicidio.

No se puede considerar igual entonces un homicidio, donde se asesina a un hombre o a una mujer por cualquier cuestión, a un feminicidio, donde se mata a una mujer por el simple hecho de serlo; en el segundo todas las féminas estamos expuestas sin importar lo que hagamos.

Aun cuando los asesinatos de mujeres a través de los tiempos han sido numerosos, no fue sino hasta el fenómeno que comenzó en Chihuahua con las Muertas de Juárez desde 1993, que éstos empezaron a tener popularidad en el terreno de las políticas públicas, con una tardía reacción por parte del legislativo. Parece casi increíble que hubieran tenido que pasar 18 años para que a las y los diputados colimenses se les ocurriera legislar al respecto, sobre todo cuando hablamos de que Colima es el segundo estado con mayor violencia sexual, de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) 2006. Pero supongo que más vale tarde que nunca, después de todo, con este movimiento Colima se une a las siete entidades que ya han integrado este delito a sus códigos, entre las cuales, por cierto, no está Chihuahua, quien encabeza la lista en asesinatos de mujeres por cuestiones de género, según el INEGI.

Como muestra de que cuando se dejan de lado los intereses personales o de grupo y se recuerda el compromiso adquirido con la ciudadanía se pueden lograr grandes avances, el Congreso del Estado de Colima aprobó la semana pasada una iniciativa presentada conjuntamente por las coordinadoras de las bancadas del PAN y del PRI, Patricia Lugo Barriga e Itzel Ríos de la Mora, para incorporar al feminicidio como una figura delictiva.

Entre las adiciones más importantes está la que se le hizo al Código de Procedimientos Penales, donde se señala que se debe de “evitar incorporar en la investigación elementos de discriminación que pueden dar como resultado una descalificación de la credibilidad de la víctima y una asunción tácita de responsabilidad de ella por los hechos, ya sea por su forma de vestir, por su ocupación laboral, conducta sexual, relación o parentesco con el agresor”.

También se considera en las reformas el hacer un banco de datos sobre delitos en contra de mujeres; hacer y aplicar protocolos con perspectiva de género para proceder a la búsqueda de mujeres y niñas desaparecidas, y capacitación de personal de la Procuraduría General de Justicia local sobre perspectiva de género en la aplicación de su labor en asuntos de violencia y feminicidio. La aprobación de esta propuesta es un gran avance en la protección de la integridad y derechos de las mujeres, sin embargo, falta llevar la teoría a la práctica.

Quiso el destino que esta iniciativa pasara justo un día antes de que se encontrara el cuerpo sin vida de Andrea Rodríguez García, adolescente de 16 años que había desaparecido el sábado 20 de agosto, cuando se dirigía a un partido de futbol, como si hubiera querido darle un rostro a la monstruosidad de este tipo de crímenes y un sentimiento de indignación a las y los ciudadanos que se encargan de garantizar la justicia.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 29 de agosto de 2011

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
Esta entrada fue publicada en Derechos Humanos, Feminismo, Mujeres, Políticas Públicas, Uncategorized, violencia de género y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s