El Abejorro


ESTA mañana me despertó un sonido particular. En ese letárgico espacio entre el sueño y la vigilia, comencé a escuchar un zumbido que no se ajustaba adecuadamente a mi sueño; una interferencia monótona y persistente que acabó por hacerse consciente hasta lograr ahuyentarme de los brazos de Loki, para traerme, reticentemente, a este mundo “surreal”.

Una vez despierta, identifiqué al bzzz, bzzz, seguido de un rítmico tuc, tuc, como el intento de algún insecto por escapar de mi cuarto: “Un escarabajo”, pensé, o quizás una libélula, o caballito del diablo como les decimos en Colima, o tal vez un mayate de buen tamaño, que se había metido en mi habitación y no atinaba a encontrar el camino de vuelta a su ecosistema.

Pesadamente me incorporé para enfrentar al molesto intruso, y mi estómago dio un vuelco. En un instante estuve alerta al cien por ciento, al descubrir a un enorme abejorro autoflagelándose a escaso metro y medio de mí. Como si tuviera resortes en el cuerpo, salté desde mi posición horizontal hasta el otro extremo de la pared, contra la que me presioné como si quisiera convertirme en una calcomanía de tercera dimensión.

Mientras veía al enorme bicho danzar por el vidrio de mi ventana, vino a mi mente la experiencia de una amiga que había sido picada por este animal. Ella me contó cómo lo había descubierto intentando salir por una persiana semiabierta, y se había compadecido de sus fallidos intentos por escapar, así que, cuidadosamente, intentó señalarle la salida empujándolo con una revista. Desgraciadamente, el insecto se sintió amenazado por esta acción y se abalanzó contra su pulgar en un inesperado y lamentable kamikaze. De más está decir que las intenciones ecologistas de mi amiga terminaron en ese momento, quien remató al animalejo con la misma revista que había usado para tratar de ayudarlo.

Mientras evaluaba mi situación, me venía a la mente la imagen del dedo amoratado de mi amiga, y del enorme punto que señalaba el lugar en donde le había enterrado el aguijón. “Fue uno de los dolores más fuertes que he sufrido”, me dijo, “casi como un dolor de parto”, dolor que, por supuesto, no tenía intención de experimentar sin haber una nueva vida de por medio.

Como el abejorro parecía más interesado en encontrar el punto débil por donde pudiera atravesar el vidrio del ventanal, comencé a moverme lentamente hasta que estuve lo suficientemente cerca como para abrirle de par en par la ventana, con lo que, estaba segura, podría conseguir escapar.

Pero esto no sucedió así, aun cuando había un espacio considerable por donde pudiera salir, el rayado insecto seguía insistiendo en cruzar por el mismo punto, golpeándose una y otra vez, deteniéndose momentáneamente en la cornisa, tan sólo para volver a rebotar contra la misma superficie, ignorando todo lo que sucedía a su alrededor, inclusive la oleada de aire fresco que prácticamente le rozaba las alas.

Al ver su terquedad me sentí más segura, sabía que, mientras siguiera concentrado en su empresa y a menos que me acercara a intentar sacarlo, no me prestaría la más mínima atención, por lo que le perdí el miedo y me puse a hacer otras cosas mientras escuchaba aquel monótono e inofensivo ruido.

Sin embargo, no pude dejar de reflexionar en la actitud del abejorro, la primera impresión que causó en mí, y en cómo ésta se modificó en unos instantes. De alguna forma, me hizo pensar en la postura que asumimos los mexicanos, dándonos de golpes una y otra vez contra el mismo espejismo, que bien pudiera deberse a nuestra fe en la retórica de los aspirantes a cargos populares, que aseguran pastos más verdes a lo lejos, siempre y cuando los honremos con nuestros votos.

Lo triste es que no nos hemos dado cuenta de que existen otros caminos para llegar a ellos, de que como comunidad, como masa, contamos con un aguijón que toda autoridad teme, pero que saben que realmente no constituye una amenaza para ellos, debido a que no hemos aprendido a organizarnos. Seguimos empecinados en hallar garbanzos de a libra entre los integrantes de los partidos políticos, quienes han jurado lealtad a sus propias filas, y no al lábaro patrio, y que no velan por nuestros intereses a menos que éstos coincidan con los suyos. Y si lográramos encontrar a algún mesías, ponemos todas nuestras esperanzas en ella o él desde la comodidad de nuestra propia casa, coincidiendo con sus propuestas de lo que nos enteramos en la prensa, o estando de acuerdo con sus argumentos en sus columnas de opinión, maldiciendo por lo bajo mientras le damos un sorbo a un café que repentinamente sabe más amargo, antes de pasar a la siguiente nota, dejando al final que el “mesías” luche por su cuenta, aunque nos mostremos sorprendidos e indignados cuando nos la o lo crucifican.

Lo que falta ahora en México es la participación ciudadana. Somos 112 millones de habitantes según el último censo, una masa a considerar si lográramos unirnos en un mismo frente. No para iniciar una guerra, no para pelear frente a frente con las fuerzas del narco, sino para pedirles congruencia y, me atrevería a decir incluso, decencia y vergüenza a nuestras autoridades. Específicamente a cada uno señalarle su falta: a los gobernadores, sobre todo del PRI, que dejen de apostarle a recuperar la Presidencia de la República, para que ésta deje de ser la guerra de Felipe Calderón, para que pase a ser la guerra por la seguridad de las y los mexicanos; a las fuerzas del Estado, sobre todo la milicia, que no desvirtúen esta lucha con su irrespeto a los derechos humanos, que recuerden su juramento y protejan a la comunidad civil.

A las distintas policías, que dejen de ser la mano izquierda de los políticos de todos los niveles, que dejen de ensañarse con la población para producir resultados que puedan maquillar los reportes de sus jefes, a costa de la vida o la honra de las y los ciudadanos; es cierto, les pagan poco, pero esto no es excusa para arruinarle la vida a nadie. A los diputados, que dejen de ser una triste comparsa del gobernador, aprobando por mayoría aplastante cualquier iniciativa, sin darle más consideración que una de partido, sin importarles el impacto que ésta pueda tener entre sus votantes; y a la gente inanimada, que deje su mutismo y de golpearse, como el abejorro, para intentar obtener inútilmente un resultado por un camino que ya probó inútil.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 18 de abril de 2011, y en Agora Parlamentaria el 2 de mayo del mismo año.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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