Dejar de chingar


OCTAVIO Paz realizó una radiografía de los mexicanos cuando descifró la popular frase “hijos de la chingada” en el Laberinto de la Soledad, donde, con el lenguaje poético que lo caracterizaba, explica: “Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de lo cerrado y lo abierto se cumple así con precisión casi feroz… El ‘hijo de la chingada’ es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, ‘hijo de puta’, se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, es ser fruto de una violación”.

La explicación que hace Paz de la coloquial frase ayuda a entender la idiosincrasia de las y los mexicanos, herencia de una nación bautizada en la sangre mezclada de españoles e indígenas, donde los segundos fueron despojados de sus posesiones, cultura, tradición y religión de forma violenta por los primeros.

Los “hijos de la chingada”, según Paz, somos todos nosotros, frutos de una tierra violada por las ansias de conquista del hombre blanco, quienes con la excusa de la evangelización sometieron y esclavizaron a los nativos, humillando todo aquello de lo que un día se habían enorgullecido, creando con ello la jerarquía de la distinción de clases, y la concesión de privilegios a unos cuantos elegidos.
Rosario Castellanos, en su libro Los Nueve Guardianes, deja entrever las relaciones de privilegios que existían en el Chiapas de 1930, donde los capataces, aun cuando fueran de raza maya, gozaban de los privilegios que les concedía el patrón, los cuales cobraban la sumisión ofrecida al dueño de la hacienda a los peones de las fincas de café.

Tales sistemas de privilegio, y la dicotomía entre el chingar y el ser chingado, fueron las características sobre las que se construyó la ideología mexicana, dando lugar al compadrazgo tan típico de este país. El rechazo al sometimiento injusto por razones de clase o del color de la piel volvieron mañoso al mexicano, haciéndole preferir buscar formas extraoficiales para lograr un objetivo que sabe no alcanzará por meritos propios, no porque no los tenga, sino porque en México eso no es lo que importa.

A nadie le extraña cuando se entera que “fulano” o “mengano” no pudo obtener determinado trabajo porque se lo dieron al ahijado del jefe, o que “zutanito” no pudo entrar a tal carrera de la universidad porque los lugares se cubrieron con favores políticos. La gran mayoría ha decidido pasarse un alto, estacionarse en zonas prohibidas o exclusivas para personas con capacidades diferentes u optar por la “solución extraoficial” de la mordida antes que la multa.

Absolutamente nadie se sorprende cuando ven al servidor público, llámese gobernador, diputado, senador o cualquier otro que ostente un cargo de elección popular, enriquecerse durante su gestión con el dinero del pueblo. La gente ya no los juzga porque roban, sino por la obra que dejan, como si el enriquecimiento ilícito fuera tan sólo un daño colateral aceptable. “Sí, robó mucho, pero por lo menos éste hizo un poco más que el otro”, se suele escuchar.

Las y los ciudadanos toleran y participan en ese sistema de privilegios, tratando de sacar ventaja del compadre, del pariente, del amigo o incluso del cargo mismo, otorgando y recibiendo canonjías por motivos personales, dando lugar a la corrupción e impunidad que tristemente también se han vuelto algo típico de nuestra cultura, sin detenerse mucho a pensar el precio a pagar.

Mucha gente me ha escrito preguntándome cómo un ciudadano común puede combatir el fenómeno del narco que azota nuestra nación, y por mucho tiempo me quebré la cabeza tratando de encontrar la respuesta sin éxito. Visto desde esa perspectiva, es prácticamente nulo lo que cualesquiera de nosotros puede hacer contra la delincuencia organizada, pues es claro que nos aventajan en fuerza, armas y decisión para matar; pero si se revisa un poco más a fondo, el narcotráfico no es el problema principal de México, sino tan sólo un síntoma.

El problema de nuestro país es precisamente su idiosincrasia, ese sistema de privilegios que tanto nos encanta, y que tan inocente se ve desde nuestro microuniverso, pero que tanto daño causa en el macro. El tratar de obtener ventajas sobre los demás, el chingar primero para evitar que alguien nos chingue, o pretender estar por encima de la ley por nuestro cargo público o nuestros conocidos, es colaborar con la corrupción y la impunidad que permitieron que el narcotráfico tomara la fuerza que tiene al día de hoy. La pasividad de las y los ciudadanos al permitir que nuestros políticos se beneficien de sus puestos públicos, por esperar que sea otro quien reclame nuestros derechos, es facilitarle el trabajo a la delincuencia organizada. El pararse el cuello e intentar que las reglas no se nos apliquen por las personas que conozcamos en el poder es debilitar nuestro sistema de justicia.

Por supuesto que se siente bien tener un poco más de poder que el otro, lo que es el equivalente a la capacidad de chingar o violentar los derechos de los demás; claro que nos hace sentir importantes cuando logramos ahorrarnos la fila en el banco porque conocemos al cajero, o que nos condonen una multa porque nos llevamos bien con el jefe de la policía de Tránsito, pero para poder mantener estos privilegios debemos estar dispuestos a pagar el precio, que es el de vivir en una sociedad hipócrita donde las leyes y las reglas se aplican a discreción de los poderosos, y que por tanto hay algunos que pueden vivir y actuar por encima de ellas, incluso decidir sobre nuestras propias vidas y patrimonio.

La violencia sufrida en estos últimos años es ocasionada por grupos gestados precisamente en ese sistema de corrupción e impunidad, binomio que ayudó a la creación del monstruo que hoy tanta sangre ha costado el intentar controlar. La solución a dicho problema aún se ve distante, pero podemos comenzar a combatirla desde nuestra propia trinchera, cambiando el paradigma que la generó, conformando un nuevo pacto social, donde cada quien decida respetar las leyes y exigir que los que están en el poder no se beneficien de él. Renunciar a canonjías y ser igual al otro, dejar de ver la vida entre el chingar o el ser chingado.

Esta columna fue publicada en Diario de Colima el 4 de Abril de 2011,  y en Ágora Parlamentaria el 10 del mismo mes.

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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