La Derrota


HACE casi 4 años, el presidente de México lanzó una ofensiva contra los comerciantes de la droga, en un intento por legitimarse ante una opinión pública dividida y un país polarizado entre los que festejaban su arribo al poder y quienes lo desconocían llamándolo espurio, asegurando que había llegado a Los Pinos mediante un fraude electoral.

Felipe Calderón Hinojosa pretendió entonces demostrar a todos los mexicanos, incluso a aquellos que habían votado en su contra, que él era el hombre adecuado para gobernar a este país, pues él no vacilaría en enfrentar lo que sus antecesores habían preferido pasar por alto, que sería él quien terminaría con el comercio clandestino del tráfico de drogas.
Más de 28 mil muertos más tarde, la estrategia contra las drogas pasó a convertirse en una guerra cruel que se combate en las calles de nuestro país, arrasando con la tranquilidad de la que una vez gozamos, incluso los habitantes del estado una vez considerado el número uno en seguridad. Las noticias y las gráficas muestran todos los días escenas violentas, inimaginables en otros tiempos, desarrollándose en prácticamente todo el territorio nacional; la cifra de secuestros y de extorsiones se ha disparado, y se ha desenmascarado a miembros de la policía y la milicia como los autores intelectuales de algunos de esos atropellos. Según un balance difundido el 18 de julio de este año por la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), han sido capturados mil 626 líderes, jefes y cabecillas de grupos de la delincuencia organizada, sin que por ello desciendan los niveles de violencia en el país, sino que al contrario, cual hidra, pareciera que surgen más cabezas del mutilado cuello del monstruo, y más actos violentos son perpetrados.
Decapitaciones, mutilaciones, secuestros, extorsiones, tiroteos, explosiones, narcobloqueos y una aterrorizante escalada de la inseguridad han sido las consecuencias de la guerra contra el narco que comenzó el presidente Calderón, sin que hasta la fecha se pueda ver la luz al final del túnel, al grado que muchas voces sugieren que la única forma de ponerle término a esta lucha encubierta es a través de la legalización de las drogas, al menos de algunas de ellas.Con tales antecedentes, Calderón Hinojosa “permitió” el debate sobre la legalización de las drogas en días pasados, en el marco de los Diálogos por la Seguridad que inauguró el 2 de agosto, donde se convocó a diversos sectores del país, como organizaciones empresariales y organismos no gubernamentales, para dialogar sobre la estrategia para combatir el crimen.
El simple hecho de que el Presidente haya “permitido” el diálogo a estas alturas de la batalla contra el narco pone de manifiesto el fracaso de su estrategia, la cual estuvo desde el principio mal planteada, mal ejecutada y completamente subestimada. Por otro lado, Felipe Calderón intentó asestar un golpe al narco, utilizando todo el músculo de las fuerzas de seguridad y de defensa del país, sin invitar en ningún momento a su cerebro para detenerse a analizar las razones del crecimiento de los grupos delictivos. Calderón no contempló la posibilidad de que más y más mexicanos y mexicanas estuvieran incursionando en el negocio de estupefacientes como una alternativa a la falta de empleos bien remunerados en el país; como un trampolín ante la inexistente movilidad social que hay en México, y como un reflejo de la corrupción, impunidad y cinismo que existe en el ámbito público, donde nuestros impuestos son tomados por asalto por funcionarios públicos y representantes populares, quienes equiparan los sufragios a la Lotería Nacional, desviando los recursos originados en nuestros impuestos para sus intereses y beneficio personal.
El mandatario no consideró que la deficiente educación pública, secuestrada por un sindicato enfermo de poder, crea individuos a los que se les dificulta el acceso a estudios superiores, produciendo escasos profesionistas que no tienen la capacidad para competir con los egresados de las costosas instituciones privadas.
El presidente del empleo pasó por alto que las familias no son capaces de vivir con el salario mínimo, y que padres y madres de familia tienen a veces que trabajar doble turno para poder garantizar la supervivencia de sus vástagos. Calderón nunca contempló que tal vez muchos mexicanos encontraban en el tráfico de drogas una salida a sus problemas financieros, que los catapultaba a un estrato social al que de otra manera no hubieran sido capaces de llegar, y que las implicaciones morales de su proceder no eran suficientes dadas las nulas posibilidades que ofrece su sistema neoliberal. El grupo en el poder jamás se puso a pensar que el problema no era el narco, sino que tan sólo constituía un síntoma del verdadero culpable, que era el modelo económico impulsado por el gobierno.
Pero las implicaciones de la legalización de las drogas, aunque positivas, son personalmente demasiado perjudiciales para nuestro Presidente, que apostó todo a esta guerra y ha gastado millones de millones de pesos en su combate. Al aprobar el consumo y compraventa de los estupefacientes, Calderón estaría implícitamente admitiendo que se equivocó, que no pudo, que fue tan grande el reto que tuvo que derribar a su rey antes de que la campana de los 6 años lo hubiera rescatado. Ceder, para él, significaría reconocer que sus archienemigos los narcos siempre tuvieron razón, que eran mayoría y que ésta se impuso ante su ideología del bien y del mal. ¿Sería capaz Felipe Calderón de aceptar tal derrota?
Esta columna fue publicada el 9 de agosto de 2010 en Diario de Colima.http://www.diariodecolima.com/newpage/antercola.php?c=6717

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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