La tercera Revolución


HACE algunos meses, cuando mi hermano y yo regresábamos de un viaje a Guadalajara, al entrar a Colima, frente a donde se encuentra la caseta de inspección fitozoosanitaria, mi camioneta fue seleccionada para una revisión minuciosa en uno de esos retenes que se están convirtiendo en parte del atractivo turístico de nuestra, alguna vez, pacífica ciudad.
Obedientemente, me estacioné donde me indicaron, y tanto mi hermano como yo bajamos del vehículo mientras tres oficiales se acercaban para revisarlo. Como es mi costumbre, me mantuve a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para ver los movimientos de los federales, tanto para asegurarme de que nada se “perdiera” durante la revisión, como tampoco para que nada “apareciera”, lo cual, considero, es mi derecho. A pesar de ello, una de las autoridades que parecía de más rango me indicó de forma áspera que me alejara de la camioneta, indicándome con el índice un sitio desde donde yo no tenía oportunidad alguna de ver el manoseo del que estaba siendo objeto mi auto. Advertida de ser prudente por mis padres, me ubiqué en tal lugar a esperar a que los oficiales terminaran lo que tenían que hacer, con la esperanza de contar con todas mis cosas una vez que hubieran finalizado. En ese momento, noté que los uniformados desviaban a otra camioneta, que se estacionó justo a un lado de donde estábamos mi hermano y yo. Libre ahora de la vigilancia que hacía de mis pertenencias, me dispuse a observar lo que acontecía a mi alrededor: qué tipo de carros o camionetas desviaban, cuántos oficiales había, quiénes de ellos estaban armados, qué tipo de procedimiento ejercían una vez que desviaban a alguno de los vehículos, etc.; todos parecían profesionales, profundamente comprometidos con su función, hasta ese momento.
En todo el sitio había quizás unas dos docenas de elementos policiacos, todos con armas de grueso calibre y cara de poca paciencia (con el calor que estaba haciendo y la forma que el sol quemaba la piel, podía entenderlos perfectamente), por lo que me sorprendió notablemente que los sujetos de la camioneta que acababan de desviar y que se estacionaron justo al lado de mi hermano y mío, después de un par de minutos de estar ahí, al rayo del sol, sin que nadie reparara en ellos, prendieran nuevamente el motor, y con toda la calma y naturalidad del mundo se retiraran sin que nadie les dijera nada, o notara siquiera lo que acababa de suceder.
Tal acontecimiento se me hizo simpático en el momento, pues evidenciaba la vulnerabilidad e hipocresía del sistema implementado, pero al día de hoy me doy cuenta del peligro en el que mi consanguíneo y yo estuvimos. Nosotros no teníamos idea de quiénes eran los sujetos estacionados a un lado nuestro, pudieron ser ciudadanos de bien, que sencillamente se les hizo fácil retirarse al darse cuenta que nadie les hacía caso, o pudieron ser criminales organizados, justamente el objetivo de dicho retén, que pretendían huir de una revisión que iba a producir resultados indeseados. A este día, unos meses después, me pregunto: ¿Qué habría pasado si hubieran sido lo segundo? ¿Qué nos habría ocurrido a mi hermano y a mí si de repente nos encontráramos en medio de una balacera como las que ya se están convirtiendo cotidianas en Colima? ¿Qué garantías de seguridad teníamos ahí, parados entre dos docenas de gente armada y un auto con individuos sospechosos? ¿Cuál es la prioridad de los oficiales y militares en los retenes, proteger a los civiles o asegurar a los maleantes?
Desde el año pasado, Colima ha comenzado a vivir una nueva etapa en la historia, una marcada por una inseguridad que ha ido escalando a niveles que los habitantes de esta entidad no habíamos visto antes. Con profunda tristeza y un miedo creciente, somos testigos de una lucha entre poderes fácticos determinados a lograr el control de nuestra anteriormente pacífica tierra, alentada por la impunidad, corrupción, ineficacia y/o tibieza de las autoridades responsables de mantener los estándares positivos que Colima había sostenido hasta hace poco más de un lustro.
Asustados por los tiroteos, los decapitados, los descuartizados, los decomisos de drogas, los narcolaboratorios descubiertos, etc., los ciudadanos del estado no experimentamos ya la misma seguridad cuando manejamos por las calles. Los padres y las madres de familia tienen miedo incluso de llevar a sus hijos e hijas a la escuela, según lo declaró el secretario general de la Sección 6 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), Jesús Villanueva Gutiérrez, el pasado 9 de junio, donde comentó que algunas de las providencias que se les inculcan ahora a los estudiantes son las de tirarse al suelo o cubrirse, en caso de un hecho violento.
Para aquellos que salen de la ciudad, o para los que vienen de visita, es casi seguro que habrán de toparse con algún retén, que cierran la carretera y desvían el tráfico para obligar a los conductores a pasar cerca de hombres fuertemente armados, que discrecionalmente seleccionan algunos autos o camionetas, para revisarlos con un adusto gesto perenne y malas maneras. En caso de que esto llegue a ocurrir, el ciudadano común no tiene más remedio que someterse al escrutinio de las autoridades, por más que esto viole nuestro derecho a la privacidad, o al libre tránsito, y ya sin la seguridad de si se trata de un retén real o de alguno montado por la delincuencia organizada, como ha sucedido en otras entidades de la República.
Hemos sacrificado nuestras libertades personales en aras de un mejor nivel de vida, de un incremento en nuestra seguridad, sin que hasta el momento haya valido la pena. El gobernador Mario Anguiano no hace más que jurar que sus estrategias de seguridad en Colima están dando buenos resultados, mientras la ola de violencia toma un cariz cada vez más preocupante; si éstos son los resultados de las estrategias del mandatario, tal vez entonces debería de revisar sus prioridades, en lugar de reforzar la misma, pues de nada nos servirá si antes no se quita la venda de los ojos, o como Gautama, sale de su palacio en donde no había enfermedad, vejez, ni muerte, para enfrentarse con la realidad él solo.
Los colimenses, como todos los mexicanos, nos encontramos en una encrucijada. Si no tomamos el país en nuestras manos, su control nos será arrebatado por los poderes fácticos que están robando nuestra seguridad, nuestro patrimonio y el futuro de las siguientes generaciones. Hay una creencia popular que dice que las Revoluciones en México suceden cada 100 años; no permitamos que la tercera la gane el narco.

Publicada en Diario de Colima el 14 de junio de 2010

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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