Inclusión y tolerancia


ALGUIEN una vez comentó, que si en el sur de Estados Unidos se hubiera sometido a votación la decisión de eliminar la esclavitud del hombre y de la mujer de raza negra, al día de hoy todavía seguirían sometidos. La esclavitud se abolió porque era aberrante, porque iba contra los derechos básicos a los que los seres humanos tenemos derecho, y porque atentaba contra los mismos principios de libertad e igualdad de la que la Constitución de los Estados Unidos de América se vanagloriaba.

Se luchó por abolirla y después por eliminar la segregación racial, se derramó sangre y hubo necesidad de que pasaran muchos años para que los “blancos” y los “negros” pudieran convivir como iguales en ese país de primer mundo. Aún ahora hay muchos que no están de acuerdo en la convivencia interracial, pero la gran mayoría de los habitantes de este globo índigo mira al pasado y no puede entender cómo hubo una época en donde los negros (o los cristianos, los indígenas, etc.,) eran tratados como objetos o mercancía, que se les haya negado el voto a las mujeres por siglos, o que se haya incluso discutido si los nativos americanos tenían o no alma.

Lo que está teniendo lugar en la República mexicana, después de la aprobación de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, para que homosexuales puedan reclamar el derecho al matrimonio y a la adopción, seguramente se podrá equiparar en un futuro a los casos mencionados anteriormente.

El tema de la homosexualidad es controvertido en sí mismo, aun al día de hoy hay quienes continúan discutiendo si es genético o basado en una decisión personal, si es reversible o no, si es natural o una perversión de la naturaleza, como si la naturaleza fuera un individuo sujeto a cuestiones morales.

Como sociedad, tenemos una concepción sobre las cosas construida por el tipo de educación que recibimos. La dicotomía del bien y del mal nos hacen prejuzgar lo que no encaja con nuestro sistema de vida y tendemos a catalogarlo como malo; al hacerlo, nos situamos en una posición de superioridad, en donde lo que no aprobamos está mal y eso de alguna manera nos hace sentir que nosotros estamos bien, lo que nos legitima y nos da un sentimiento de superioridad sobre el que, asumimos, está actuando de forma incorrecta.

Si pudiéramos traspasar las barreras de nuestra construcción social, podríamos dejar de generalizar y enfocarnos en el individuo en lugar de sus circunstancias. Todo este debate que está teniendo lugar está influenciado por la construcción social a la que hemos sido sometidos desde que nacimos. No juzgo a la gente por ver a los homosexuales con recelo, sino al sistema que nos ha educado de esa manera, a los sacerdotes que, al defender lo que ellos consideran las bases de la familia, están incitando a la intolerancia y, quizás sin saberlo, alimentando la homofobia, la cual podría traducirse pronto en acoso a personas con orientación sexual distinta a la aprobada por ellos, y quizás incluso podría desembocar en crímenes de odio.

Si quitáramos todas las características religiosas al tema del matrimonio gay, no quedaría argumento alguno para prohibirlo; no se está obligando a las Iglesias a realizar un enlace eclesiástico, tampoco se está intentando sustituir el matrimonio heterosexual por el homosexual, tan sólo se está garantizando que todos los ciudadanos del Distrito Federal gocen de los mismos derechos.

Según la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, todos somos iguales ante la ley, indistintamente del sexo, preferencia política o sexual, por lo que entonces, el negar un derecho civil como el matrimonio a una persona, basados sólo en su preferencia sexual, constituye una discriminación. Si todos somos iguales ante la ley, todos los derechos deben de aplicarse por igual. El matrimonio no sólo es un derecho, sino una institución que ofrece garantías a las personas que los suscriben, como el derecho a heredar, a la seguridad social y de vivienda, así como el de adoptar.

Este último tema es el que ha suscitado mayor controversia, pues la mayoría de los mexicanos que aprueban las uniones del mismo sexo se encuentran divididos en el caso de la adopción, pero esto se debe a los mismos prejuicios religiosos y sociales que tan normalizados están entre nosotros.

Legal y políticamente, se sostiene que los homosexuales son como los heterosexuales, que son personas dignas de respeto y que se deben de valorar por su dignidad humana y no por sus preferencias. Sin embargo, en la práctica nuestra tolerancia resulta hipócrita, pues aunque nuestro discurso apunta al respeto, nuestras acciones se alejan de él. Decimos que nada tiene de malo ser homosexual, pero por otro lado deseamos que nuestros hijos e hijas no lo sean; referimos que merecen los mismos derechos que el resto, pero les negamos el de formar una familia; declaramos que no son depravados, pero no les permitimos relacionarse con los niños ni las niñas, mucho menos adoptar.

Existe la creencia de que un niño que crece en un ambiente sólo con dos hombres o sólo con dos mujeres, no aprenderá los roles tradicionales, que un niño entre dos homosexuales estará expuesto a violaciones recurrentes, que se le enseñará a actuar como mujer en lugar de como varón, o que terminará por ser homosexual; la misma creencia existe de una niña que aprende de una pareja de lesbianas con excepción de la violación, y en ambos casos se considera que el o la infante sufrirá de las burlas de parte de sus compañeros o compañeras, por no tener una familia “tradicional”.

Todos son mitos y creaciones discriminatorias de los grupos más tradicionalistas. Por supuesto que hay homosexuales que violan niños, pero también los hay heterosexuales; la pedofilia es una filia en sí misma, no está ligada a las preferencias sexuales. Por otro lado, hay estudios que indican que las parejas homosexuales replican los mismos roles tradicionales que las parejas heterosexuales, educando a sus hijos según la construcción social del sexo del o de la menor, además de que la misma sociedad ayuda a construir su rol sexual; los estudios indican hasta un 50 por ciento de influencia. Es importante señalar también que la homosexualidad es una preferencia inherente de la persona, no el resultado de una educación determinada, pues si eso fuera cierto, la lógica sugeriría que los homosexuales realmente no existen, ya que todos sin excepción provienen de parejas heterosexuales y han tenido una educación tradicional.

El discurso planteado por nuestra sociedad es hipócrita, pues por un lado pregona tolerancia y establece que no tiene nada de malo ser homosexual, pero por otro evita a toda costa que el niño o la niña puedan llegar a tener preferencias por personas de su mismo sexo. ¿Qué de malo habría en que el o la menor resultara ser gay, si serlo no es malo?

Por otra parte, ¿por qué nos preocupamos tanto de que las y los niños adoptados por parejas homosexuales puedan llegar a ser discriminados por sus compañeros de escuela? Si un o una menor es discriminado en las instalaciones escolares, ¿cómo va a ser esto culpa del niño o de la niña, o incluso de sus padres, sean éstos homosexuales, bisexuales, heterosexuales, travestís, transgéneros o intersexuales? El discurso real habla de violencia, de intolerancia y se ajusta a la “visión justa del mundo”, la cual pregona que todos nos merecemos lo que nos pasa, que culpa a la víctima de haber sido violentada, al pobre por ser pobre, a las mujeres violadas por haber sido ultrajadas y se ciega a la violencia estructural que abunda en todo el orbe.

Tenemos al día de hoy la oportunidad de dar un paso hacia la democracia que tanto anhelamos, la real, la que marca la diferencia entre un país con justicia social y uno señalado por su violencia estructural; aquella que se caracteriza por la tolerancia y la inclusión de todos sus habitantes, en lugar de la injusta opresión de los más fuertes contra los más débiles. El cambio que tanto esperamos debemos hacerlo nosotros, y comienza con la justicia, el respeto, la inclusión y la tolerancia. Habrá quienes digan que México aún no está preparado, a ellos les digo: Preparémoslo entonces.

Éste artículo fue publicado en Diario de Colima el 25 de enero de 2010

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
Esta entrada fue publicada en matrimonio homosexual y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s