Sin democracia


HACE poco, una amiga estrenada en la maternidad me platicaba de lo difícil que son los primeros meses de vida de una criatura, de los cuidados que requiere y de los cambios drásticos por los que pasa el cuerpo femenino, al grado de dificultar muchas de las labores que generalmente uno suele dar por sentadas. Como empresaria que es, me confesó que eso le había ayudado a darse cuenta de lo importante que es la incapacidad por maternidad y en realidad el poco tiempo que la ley prevé para la recuperación de la madre. Me dijo que como patrona siempre le había causado molestia el tener que acceder a estos días de descanso obligatorios, pero que ahora que era madre lo comprendía. Entendí en ese momento la importancia de la experiencia.
Todavía es común que en las empresas mexicanas se discrimine por cuestiones de género. En el caso de las mujeres, sean solteras o casadas, se asume que algún día se embarazarán y los empleadores se verán forzados a darles las prestaciones que exige la ley, incluyendo los días de asueto obligatorios, lo cual constituye una molestia para la mayoría de los patronos (con el pronombre “los” adecuadamente aplicado, ya que son mayoritariamente los varones los que piensan de esta manera), la cual va acompañada de la creencia de que el trabajo dejará de ser lo más importante para ella, pues naturalmente será ahora su hijo o su casa lo primordial. En esa lógica es mejor contratar hombres; ellos no se embarazan.
Esta mentalidad no es exclusiva de los varones, así como la perspectiva y la conciencia de género no es propia de las mujeres, pero sí varía una vez que la empleadora pasa por la experiencia de ser madre, más aún si es ella la cabeza de la familia o si su aportación es básica para preservar el nivel de vida de sus familiares. La vivencia tiene la capacidad de cambiar nuestra mentalidad, pero hay experiencias que no pueden ser vividas por hombres y mujeres por igual. La maternidad es sólo una de ellas.
Precisamente por esta diferencia básica entre hombres y mujeres y la dificultad de que los varones comprendan, o siquiera consideren, una vivencia por la cual –hasta ahora– les es biológicamente imposible pasar es por lo que las mujeres, así como las minorías sociales, deben estar debidamente representadas en los Congresos, tanto en los locales como en los nacionales, porque hay circunstancias y necesidades propias de cada género o sector social, que no son prioridad para todo el mundo.
Por eso constituye no sólo una vergüenza, sino también una irresponsabilidad y una burla a las mujeres, a las instituciones y a todos los marcos de legalidad, cuando las diputadas electas renuncian a sus cargos para ceder sus lugares a sus sustitutos masculinos; o cuando los partidos políticos juegan con las cuotas de género, posicionando a las féminas en candidaturas que saben de antemano que van a perder. No atender las necesidades de las mujeres significa no atender a más de la mitad de la población, representa negar la realidad que nos llegó ya hasta el cuello y continúa subiendo.
En la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), y en la Convención de Belém do Pará, se contempla al género femenino como una condición de riesgo en las sociedades actuales, algunas autoras han logrado comparar exitosamente la violencia doméstica con la tortura, lo cual cobra vital importancia si tomamos en cuenta un reporte sobre la situación de la violencia de la mujer en México, realizado por la Cooperación de la Comisión Europea, presentado en Bruselas el 13 de marzo de 2008, el cual revela que, según la Secretaría de Desarrollo Social, el 66 por ciento de las mujeres muertas en zonas urbanas son el resultado de la violencia intrafamiliar.
Por si esto no fuera suficiente, según un estudio realizado por el Centro Internacional de Pobreza, del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PNUD), la pobreza en México está en un proceso de feminización. En dicho texto, que analizaba información de ocho países latinoamericanos, incluido México, se concluyó que no existía mayor tendencia de empobrecimiento de las mujeres respecto a los hombres, excepto en México, donde sí se refleja una feminización de la pobreza.
México no puede llamarse a sí mismo un país democrático mientras no exista equidad entre sus pobladores, en tanto que hombres y mujeres no puedan gozar de iguales derechos y acceder a puestos similares o gozar de los mismos salarios, mientras en las Cámaras, tanto en la de Diputados como en la de Senadores, no haya paridad, mientras a los homosexuales se les nieguen sus derechos como ciudadanos y en tanto que la violencia hacia las mujeres siga sin ser debidamente reconocida y atendida.
Una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que aún no es pública, muy posiblemente condenará a México por el feminicidio de tres de ocho mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Lo grave de esto es que, a pesar de que México firmó la Convención de Belém do Pará el 4 de junio de 1995, el Senado de la República la aprobó el 26 de noviembre de 1996 y fue ratificada el 12 de noviembre de 1998, el Estado mexicano intentó cuestionar la competencia de la Corte para juzgar sobre las violaciones a la convención.
México ha demostrado ser deficiente e insensible en los asuntos de género, contribuyendo con ello a que la situación de las féminas violentadas o que se encuentran en la pobreza siga escalando y que el impulso de los avances de las feministas de los últimos tiempos regrese aún con más fuerza, en un retroceso sin parangón en nuestro país, que encuentra su símil en muchas partes del mundo.
Tomando en cuenta esta condición de desigualdad, el secretario de la ONU, Ban Ki-moon, realizará el 25 de este mes el Lanzamiento Regional Latinoamericano y del Caribe de la Campaña “Únete para poner fin a la violencia contra las mujeres”, en un intento por recobrar la fuerza del feminismo que se perdió al terminar la década de la mujer en 1986 y de frenar la fuerza del patriarcado que con su violencia característica tiene amenazada la paz social e incluso la ecología.
Terminar la violencia hacia las féminas también es una cuestión de hombres; los verdaderos hombres son aquellos que no requieren despreciar la feminidad para sentirse masculinos, y no deben excluirse de una lucha en donde, si bien las mujeres son las agentes violentadas, son ellos, por los contextos históricos y culturales, quienes nos violentan. Es necesario despertar y unirnos en una sociedad libre de relativismos culturales y ataduras tradicionalistas, que nos permitan conseguir la democracia por la que supuestamente luchamos hace 99 años y que hasta el día de hoy no hemos alcanzado.

Publicado el 23 de noviembre en Diario de Colima

http://www.diariodecolima.com

Acerca de Patricia Sanchez-Espinosa

Licenciada en Derecho y periodista de profesión. Actualmente soy la Subdirectora General de Diario de Colima, el periódico de más circulación en la entidad. Cuento con estudios de maestría en Género y Construcción de la Paz en la UNiversidad para la Paz de la ONU.
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